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La sinrazón del ministro

El señor Marlaska fue un buen juez, pero es un ministro servil y sectario y sus actuaciones reprobables deterioran las instituciones y la imagen de España

LA inflación de noticias no da tregua y todas las de los últimos días merecían comentario. Desde los retrasos de las vacunas hasta la ayuda escandalosa de 53 millones a la empresa Plus Ultra; el informe de la secretaria de Estado USA, crítico con los ataques verbales de miembros del Gobierno español a la prensa; la adjudicación millonaria y extraña de Correos a una consultora de Panamá; o la obligatoriedad de las mascarillas en la playa y en el monte, una idiotez que el Gobierno no sabe cómo corregir. En clave económica llama la atención la deuda y el 10,9 por ciento de déficit público, el paro y la pasividad del Gobierno, que no hace las reformas necesarias para relanzar la economía.

Pero las dos noticias estrella tienen como protagonista al ministro del Interior. La primera es la ‘patada en la puerta’ de la Policía para entrar en pisos donde se celebran fiestas ilegales —sin que haya indicios de delito— incumpliendo la Constitución que consagra la inviolabilidad del domicilio. Mientras, el ministro Marlaska ampara que "un inmueble utilizado para fiestas ilegales no puede ser considerado morada", argumento sofista que ignora la jurisprudencia del Tribunal Constitucional sobre el concepto de "domicilio".

Una pregunta al ministro: si un piso puede ser allanado solo por infracción administrativa, ¿por qué la Policía no entra en pisos okupados donde se comete el delito de usurpación de vivienda?

La segunda es la sentencia de la Audiencia Nacional que obliga a restituir en su puesto de director de la Guardia Civil de Madrid al coronel Pérez de los Cobos, cesado en mayo por el ministro por negarse a informarle de la investigación sobre el 8-M que realizaba por mandato judicial. Es decir, fue cesado injustamente, rozando la prevaricación, por cumplir la orden de la juez, ¡por cumplir la ley! Ahora, es desautorizado y la Justicia le recuerda que la legalidad no puede ser relegada a discreción.

Pero más allá de lo que diga la Justicia, acosar y destituir a un subordinado ejemplar, en la administración pública o en la empresa privada, es de miserables, acredita que ese jefe es un mal dirigente y peor persona que actúa visceralmente siguiendo una máxima visible en algún cuartel del franquismo: "El que manda más, sabe más y siempre tiene la razón".

El señor Marlaska fue un buen juez, pero es un ministro servil y sectario y actuaciones reprobables como estas deterioran las instituciones y la imagen de España. Si él no dimite o su jefe no lo cesa es que ambos han perdido el sentido de la realidad democrática. Y hasta la vergüenza torera.

La sinrazón del ministro
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