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Turno para morir en Siria

"Bombardean colegios, hospitales, tiendas, mezquitas, masacran a la población civil, es el día del Juicio Final", dice un médico de Guta

Pedro Pablo Rubens, horrorizado por la barbarie de la guerra de los 30 años, pintó Los desastres de la guerra, un lienzo espectacular en el que los personajes simbolizan la destrucción, el hambre, las enfermedades y otros horrores de aquel conflicto europeo que arrasó pueblos, diezmó a la población y dejó tras de sí ruina, miseria, dolor y odio.

La alegoría de Rubens la recrea la guerra de Siria que ahora tiene el epicentro en Guta Oriental que está siendo bombardeada desde el aire, también con armas químicas, y asediada por tierra.

Estremecen las imágenes de la madre que huye protegiendo a sus dos hijas; el padre que corre con su bebé en brazos; los niños ensangrentados, envueltos en una nube de polvo; las hermanas de 8 y 10 años que suplican al mundo "por el amor de Dios, ayudadnos!"… El horror alcanza máxima crueldad en los cadáveres de siete niños en la morgue y el bebé amortajado en el suelo del hospital de Duma que recuerda al pequeño Aylan Kurdi, también sirio, que murió en la playa turca de Bodrún.

"Bombardean colegios, hospitales, tiendas, mezquitas, masacran a la población civil, es el día del Juicio Final", dice un médico de Guta. "No tenemos tiempo para contar y enterrar los muertos en este infierno", cuenta la doctora Armani desde la impotencia. "Solo esperamos turno para morir", afirmaba Bilal Abu Salah.

"¿Dónde está la comunidad internacional, dónde está el Consejo de Seguridad?", preguntaba un ciudadano sirio en la BBC . Pues, parafraseando a El Roto, la comunidad internacional envía sus bombarderos que "a la ida tiran bombas y a la vuelta ayuda humanitaria". Siria —y todo el Oriente próximo— es como un tablero en el que las grandes potencias, interesadas en que siempre haya guerras, juegan sus partidas políticas y económicas con total impunidad.

Con la misma impunidad de los cooperantes de la ONU y de alguna oenegé que explotaron sexualmente a mujeres a cambio de alimentos, un comportamiento deleznable que supera toda capacidad de comprensión. ¡Cuánto miserable hay por el mundo! Indigna ver la indiferencia con la que asumimos el horror de esta guerra que dura ya siete años con un balance de centenares de miles de muertos, millones de refugiados y una crisis humanitaria espantosa. Si tuvieron la paciencia de leer este comentario hasta aquí, recuerden los asuntos que nos ocupan en este rincón del Occidente acomodado. Seguro que nos avergonzamos de alguna de nuestras preocupaciones.

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