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La buena fe cotiza a la baja

Apareció en 200 films en 70 años de carrera, y ganó el premio a mejor actor en Cannes

LAS CIFRAS de evolución de la pandemia en España siguen siendo alentadoras. Semana tras semana seguimos mejorando en cuanto al número de contagios y de vidas perdidas. Hemos bajado incluso del centenar. Pero que ello no nos lleve a perder la perspectiva de la tragedia. Sigue siendo como si un avión se estrellase cada día. Tengámoslo presente.

En otro orden de cosas he de reconocer que en absoluto entiendo el revuelo que se ha generado respecto al alquiler a la presidenta de la Comunidad de Madrid de un apartamento en uno de los hoteles de Enrique Sarasola.

Voy a confesar algo que hasta hoy he mantenido en secreto. El día 20 de marzo levanté el teléfono y llamé a un responsable del área sanitaria de Pontevedra y O Salnés para poner mi alojamiento a disposición de cualquier sanitario que pudiera precisarlo. Ya fuese para una persona llegada desde fuera o para personal médico o de enfermería que decidiera no ir a su casa para no poner en riesgo a su familia. Lo hice de corazón. De un modo completamente altruista y solidario. Porque sentí que era lo que debía hacer, que era mi pequeño granito de arena.

Por eso me asombra la saña con la que se está castigando el gesto del empresario Enrique Sarasola, a quien conozco, quien no es que haya cedido gratuitamente –que por cierto, estaría en su absoluto derecho de hacerlo-, sino que ha alquilado un apartamento de uno de sus hoteles a la presidenta madrileña cuando ésta necesitó estar aislada por haberse contagiado de la Covid-19. Un apartamento que, además, estaba desocupado ya que por desgracia Madrid, como el resto de España, se ha quedado sin turistas. De ahí también que su precio de alquiler no pueda ser el mismo que tendría en condiciones normales de mercado. Es lógico. Por poner un ejemplo, si alguien me alquilase a mí en este momento una habitación durante dos meses, lógicamente no le iba a cobrar por noche lo mismo que le cobré a alguien en el mismo mes del pasado año.

No veo por tanto nada excepcional en el ofrecimiento del empresario hotelero madrileño. Yo también lo hice. Y el haberlo hecho no puede ser nunca impedimento para que si en alguna ocasión surgiera una oportunidad de negocio derivada de una oferta pública no podamos optar a ella. Vincular o asociar una cosa con otra es de una irresponsabilidad y de una mala fe tremenda.

Y ya que estamos hablando de injusticias, no quiero concluir este artículo sin una pequeña reflexión respecto a la situación que están pasando muchos pequeños empresarios que se encuentran pagando créditos que en su día solicitaron para su poder mejorar o proseguir con sus negocios. Es del todo punto incomprensible que el Gobierno aún no haya aprobado una medida que permita solicitar una moratoria en el pago de las cuotas de los créditos que figuran a nombre de personas jurídicas. El mero hecho del cese de actividad ya debería ser suficiente justificación para la concesión inmediata de esa moratoria. Como debería serlo para dejar de pagar recibos como los que las compañías eléctricas nos están pasando por la luz de unos negocios que están cerrados por imperativo gubernamental.

La buena fe cotiza a la baja
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