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La que se avecina

AQUEL SUEÑO de la paz social, que de alguna manera propició el clima de unión y solidaridad frente al enemigo común del covid-19, comienza a hacerse trizas. La vuelta al mundo real está haciéndose especialmente dura para algunos sectores y ya han comenzado a alzar la voz. Y no hablo de esta vez de la hostelería o del turismo, a quienes la combinación de ayudas directas y un buen verano parece haber calmado, al menos por un tiempo. Hablo de otros sectores productivos y con una profunda carga estratégica que ven como sus previsiones hacen agua y como su futuro se tiñe de un oscuro muy oscuro, nada prometedor.

No es por tanto de extrañar que algunos de ellos hayan levantado ya su voz e incluso hayan iniciado movilizaciones. Ahí está el sector de metal (ya en huelga en Andalucía y no me extrañaría que en breve también en otras comunidades, incluida la nuestra) o el del transporte, los agricultores, el sector del automóvil… “La oleada de protestas anticipa un invierno caliente y empaña la recuperación”, titulaba ayer un mismo un diario que no suele caracterizarse por sus críticas al Gobierno de la nación. Y lo peor es que me temo que es solo el inicio.

También en estos días escuchamos con insistencia la reclamación de una parte del Gobierno y de los sindicatos de incrementar el suelo de los trabajadores. Yo, como empresario, les aseguro que me gustaría que mis asalariados tuvieran siempre las mejores condiciones posibles. Pero amigo, cuando los suministros y los costes esenciales (energía, combustible…) se incrementan de la manera que se están incrementando ahora mismo, de algún sitio hay que reducir para seguir siendo competitivos, para no salirnos del mercado. De lo contrario, la alternativa puede ser el cierre o que venga una gran empresa de fuera y nos compre, como ya ha ocurrido tantas veces, incluso en sectores estratégicos.

Porque, no lo olvidemos, estamos en un mercado global y no todos jugamos con las mismas cartas. Hay países de nuestro entorno que para que las empresas puedan hacer frente a la actual situación, lo que han hecho ha sido reducirles la carga impositiva. Lógicamente, las empresas de esos países están en mucho mejor posición a la hora de competir en el mercado global que nosotros.

Si a eso le unimos que somos un país que tiene un 130% déficit público, ya me dirán ustedes. Blanco y en botella. Pero claro, en lugar de fijar el foco allí donde realmente hay que meter la tijera (repito, 130% de déficit público), lo que hacen nuestros mandatarios es asfixiar a quienes generamos actividad y empleo, lo cual directamente nos pone en el disparadero, en una situación de extremo riesgo, que lleva a estas movilizaciones y a las que vendrán. Un invierno caliente el que se nos avecina.

Pero no pasa nada, en esta tierra nuestra estamos todos felices porque fin tenemos Ave. El Ave a Galicia, le llaman. Como si diese lo mismo llegar a A Gudiña, que a Ribadeo o a Baiona. Pues no. El Ave, en otras partes, es Madrid-Barcelona, Madrid-Sevilla o Madrid-Valencia. En esos casos no se dice el Ave a Cataluña, a Andalucía o a Levante. Pero aquí intentan engatusarnos y trasladar la idea de que el Ave llega a toda Galicia y, por lo tanto, a todos los gallegos. Pues no, señores, no. No nos vendan esa moto. O en este caso, ese Ave. Los pontevedreses, para que realmente nos llegue el Ave vamos a tener que seguir esperando bastante tiempo.

La que se avecina
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