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Pobres bachilleres

No es de ahora. No es la ministra Celaá, ni sus privilegiadas niñas, ni las monjitas que les daban clase en español y en inglés, de modo muy católico y muy privadamente. No. Es desde hace muchos, muchos años. De aquella parecía una broma. Pero no lo era. Ya se publicaba, salvo en la Vanguardia barcelonesa, que los alumnos que cursaban el bachillerato en Cataluña llegaban a la universidad sin que se les hubiese obligado a estudiar literatura española ni a leer un solo libro.

Los paniaguados que Pujol había puesto a dirigir la política educativa de su finca, habían recibido las órdenes del “molt deshonorable” y trincón presidente, de que los ejercicios de selectividad, que comprobaban los conocimientos de la juventud catalana, excluyesen la literatura española de sus exámenes para ingresar en la Universidad. La proliferación de asignaturas en el bachillerato y la falta de tiempo fueron las excusas por las que los responsables políticos de la formación educativa del oasis catalán, hoy convertido en colosal ruina económica, tomaban semejante medida, pionera en el mundo entero. Los alumnos que cursaban el bachillerato de Humanidades o de Sociales tenían tres asignaturas optativas para escoger: literatura española, catalana y universal. Pero los estudiantes que habían escogido áreas técnicas o científicas no estudiaban Historia de la literatura, y como, encima, no se les iba a examinar sobre ello, la mayoría de sus profesores se habían pasado por alto la obligación académica de la lectura de libros. Total, ¿para qué iban a leer? Esto que les cuento paso hace veinte años. Hoy día, a partir del bodrio legislativo de la ministra Celaá, ya no estudiaran en el idioma español, que hablan más de 400 millones de personas en el mundo.

La educación en España es una desgracia y nadie parece querer remediarlo. Salimos a ley por ministro de Educación. Ministros, cuya único afán y pretensión es dejar su huella personal en la ley educativa, con un maloliente, colosal y gigantesco mojón para que se les recuerde en la posteridad. Y vaya si se les recuerda a ellos y a sus muertos, cuando los jóvenes bachilleres españoles y sus papas se dan cuenta que son incapaces de vencer y superar una simple y sencilla entrevista de trabajo en suelo patrio. Ni les cuento, si deben de hacerlo en suelo extranjero.

El modelo educativo socialista es siempre el mismo. Igualar por abajo. Papa Estado y mama autonomía se hacen cargo del niño y lo moldean a su conveniencia cuanto más tiempo mejor, en un bachillerato para parvulitos, fácil y sencillo a más no poder, en donde no se premia el esfuerzo, ni el mérito, ni la capacidad, sino todo lo contrario. Y en donde, al final, se obtiene como resultado un producto de muy mala calidad y huero de conocimientos, que pasa por una selectividad que es un auténtico coladero y finaliza en una Universidad con cientos de titulaciones que no sirven para nada. Al final, tristemente, el producto manufacturado pesimamente, pasa al sector turístico con pajarita, bandeja y bayeta Vileda a buscarse la vida.

En España el curso 2019-20, el total de alumnos que se matricularon en el Sistema Universitario Español fue de 1.633.358. Nada más y nada menos. No es serio. Cualquiera sabe que la educación es, junto a la sanidad, uno de los servicios básicos y fundamentales que cualquier Estado debe de prestar con calidad a sus ciudadanos. Y aquí se hace al revés, y a saber en que idioma.

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