Opinión

Un país a la deriva

Sin timón y, por tanto, sin gobierno. Esta vieja nación se está yendo al garete, poco a poco, ante la insidia general del personal, dormido frente a la televisión. El partido que lidera el gobierno se ha transformado en un conglomerado al que única y exclusivamente le preocupa el poder por el poder. El socialismo o la social democracia en España, como ustedes gusten, está ya en un extremo y viene demostrando unas tragaderas gigantescas que asombran a propios y extraños. Una mezcolanza desconocida hasta la llegada del Sanchismo en donde anidan de manera increíble separatistas catalanes y vascos, golpistas, bolcheviques y filoetarras. Grupúsculos políticos, cuyo único fin y objetivo es la destrucción de nuestra nación. Un objetivo conocido por todos los españoles que no causa, hoy ya, sorpresa alguna. En cambio, lo que si provoca desconcierto y estupor en esos mismos españoles es la posición y el comportamiento de un presidente socialista que pasa por todo con tal de seguir aferrado al poder sin saber qué hacer con él. Digan lo que digan, el sistema democrático está herido de muerte y necesita con urgencia responsabilidad en sus dirigentes. Las cosas están muy mal y el sistema se resiente. Todo está en cuestión y es urgente que nuestros representantes se pongan a trabajar y apuntalen el sistema. Porque si sus señorías no se ponen de acuerdo, con seriedad y pensando solamente en los ciudadanos, para encontrar remedio a todos los males que aquejan gravemente a la democracia española, este régimen de libertades que disfrutamos desde 1978 y que supuso no pocos sacrificios, se va al garete sin remedio.

Si la mayoría de nuestros representantes no reordenan de común acuerdo el funcionamiento de nuestras instituciones, en donde se respete por encima de todo el imperio de la ley, los derechos fundamentales y las libertades públicas; donde la Administración Publica este plenamente sometida a la norma y al derecho; y donde sea efectiva la indispensable separación de poderes o, por lo menos, su equilibrio, con una Justicia independiente, que aplique la ley, este tinglado que tanto costó sacar adelante se hará pedazos con seguridad.

La deriva que ha tomado España hacia la quiebra y el desprestigio institucional y la imperiosa necesidad de su urgentísima solución no es un asunto que solo incumba a un par de señores. No. Es la clase política española en su conjunto quien no puede de ninguna manera seguir mirando para otro lado, huyendo de los problemas enormes que sufrimos como nación, mientras cobra puntual y sobradamente de nuestros dineros.

Todo el mundo sabe que tenemos un modelo de Estado, mal llamado autonómico, absolutamente ruinoso y que no ha servido para nada porque después de más cuarenta años aún no se ha puesto fin a la aventura del experimento territorial, desastrosamente diseñado en su día por nuestros cándidos y mil veces ingenuos constituyentes. Un Estado débil e inestable con una clase política desnortada y un gobierno irresponsable que permite un Ku Klux Klan lingüístico en Cataluña. La ciudadanía está ya harta y tiene que contemplar con estupor como en el Congreso de los Diputados la principal preocupación es que Netflix se emita en catalán, mientras cierra Nissan en Barcelona y se van a la calle 1.600 trabajadores. Lo dicho, o se ponen de acuerdo todos o esto se hunde. No lo duden.

Comentarios