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Un poco de decencia

DOLORES DELGADO va a pasar a la triste historia del sanchismo como el botón de muestra de que el Estado de Derecho en España se ha ido al garete. Las maniobras, trapicheos y tejemanejes del presidente Sánchez que no tienen precedente alguno en nuestra Democracia, vienen a demostrar, ante el estupor general y la pardillez de los partidos de la oposición, que le importan un comino la ley, la división de Poderes, la presunta independencia de la Fiscalía General del Estado y, claro está, la ética y, también, la estética. Y es que la señora Delgado, nominada para tan alta responsabilidad en la Fiscalía General, está metida en algunas historias muy poco edificantes; doña Dolores, además, y siguiendo órdenes de Sánchez, doblego y obligó a la Abogacía del Estado a cambiar la calificación jurídica en el juicio de los golpistas catalanes, rebajando la clara y palmaria acusación de rebelión al delito de sedición, menos grave, para favorecer a los golpistas. La señora Delgado se negó, también, públicamente, a apoyar al juez Llarena que instruía la causa contra los golpistas, ante una denuncia que el huido Puigdemont le presento en Bélgica; Su exagerado protagonismo televisivo en la hora del marujeo mañanero, helicóptero por medio, en la extrema urgencia del desentierro del general Franco y a efectos puramente electorales fue de traca; y ya la última que cometió, retorciendo una vez más a la abogacía del Estado, para que los letrados del otrora prestigioso cuerpo de la Administración española interpretasen la sentencia del Tribunal de Luxemburgo de modo favorable al golpista Junqueras ya condenado por el Tribunal Supremo, ha sido la guinda. A saber lo que viene ahora con las causas pendientes que quedan, los permisos, los traslados a los asesinos etarras y los indultos de los que ya se está hablando, ante el asombro general de los ciudadanos españoles que sostienen con sus impuestos estas instituciones y a los personajes que las dirigen. Escándalos que no hacen más que desprestigiar el sistema democrático y fomentar, día a día, la sospecha, la desconfianza y el desapego que los ciudadanos tienen de sus gobernantes. Hubo una época en que a la política venia gente honrada. Y siempre pongo de ejemplo del socialista Antonio Asunción. Un apellido que en la política española es sinónimo de dignidad, transparencia y sentido del deber en el desempeño de un cargo público. Muchos, a los que ahora se les llena la boca de palabras tan bellas, solo para la pesca del voto como ética, moral y regeneración democrática le dieron la espalda a este hombre. Un ciudadano con responsabilidades públicas que supo, desde el convencimiento más íntimo, que no tenía más opción que la de dimitir como ministro del Interior cuando aquel pájaro de Luis Roldán, se había dado a la fuga. Antonio Asunción, no espero ni un minuto. Se dio cuenta de que la huida de Roldán era fruto de una trama en toda regla y llamo al Presidente del Gobierno Felipe González anunciándole que iba a presentar su dimisión. Siempre comentaba que "para los nombramientos dependes de otros, pero marcharse es una cuestión individual". Y se marchó. Ni la petición de que se quedase de Felipe González le hizo dudar un instante. No cabían disculpas. Hoy, ya no es así. Prefieren llevar el sambenito de la indecencia colgando, para ejemplo de las generaciones venideras y seguir trincando, claro. Sálvame Deluxe.

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