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¡Visca la República!

Y ¡MORÍ el Borbo!, gritaba hace años en un mitin un catalán independentista que estuvo una temporada estabulado en el Congreso de los Diputados a costa de todos los españoles a los que odia visceralmente. ¡Muera el Borbón! El Borbón, claro esta, era nuestro rey, el Rey de España de entonces, Juan Carlos I. Hoy, su hijo, Felipe VI, es nuestro Jefe de Estado y el símbolo de la unidad y permanencia de nuestra nación, ya que así lo quisieron todos los españoles, expresando libremente su opinión en las urnas, y aprobando la Constitución de 1978 por una inmensa mayoría.

¡Mori el Borbó! gritaba el obtuso diputado separatista que se llama Juan Tardá y que se sentaba en el palacio de la Carrera de San Jerónimo por ese irracional, estúpido e injusto sistema electoral que tenemos en esta España que se va por el sumidero. El tipo, en cuestión, se caracteriza, además de por una dicción rustica y torpe, por un indisimulado odio racista hacia España y a todo lo que nuestra vieja nación representa. Cobrando, claro. Y es que ya se sabe en todo el mundo, menos en Bélgica, que estos separatistas catalanes odian al Rey, odian a los españoles y odian a España, pero chupan todo lo que pueden de ella y viven, cojonudamente, agarrados a la teta roja y gualda que tanto aborrecen.

A este primitivo parlamentario, el berrido amenazante le salio gratis. Lo de siempre: que si la libertad de expresión, que si se le interpretó mal, que si era una crítica sana a la monarquía, y pelillos a la mar. Las consecuencias no se hicieron esperar. Cundió el ejemplo y se creó una importante afición en Cataluña por quemar banderas de España y retratos del rey. Los jóvenes independistas salían en manifestación por las calles de Barcelona con el lema "Destruyamos la monarquía fascista". El camarada Zapatero, presidente del Gobierno, miraba para Venezuela y se apresuró a echar balones fuera. ¡Son cosas de estudiantes y de gamberros!, decía, cuando la realidad era y es otra muy distinta como se demostró, posteriormente, en el golpe de estado de 2017. De aquellos polvos vienen estos lodos. Y así estamos hoy, en un país en el que cualquier indocumentado se puede ciscar en los símbolos de la nación sin que le pase nada. Los ataques contra la monarquía ya se han cobrado, hoy, la primera pieza en la persona del rey Juan Carlos, que se ha tenido que marchar. Un rey que trajo la democracia a España desde una dictadura. Pero no nos engañemos, los ataques contra Felipe VI y su padre no son contra sus personas sino contra lo que ellos representan. Son ataques contra España, contra la nación, única, indisoluble e indivisible, tal y como reza nuestra Constitución ratificada por todos los españoles en un referéndum de verdad. A los separatistas, ya sean catalanes, vascos o gallegos la persona del rey les importa un pimiento. Lo que les importa, lo que de verdad les revienta, les molesta sobremanera, les mortifica y les irrita es que "el Borbón" es el Rey de España. Una España a la que odian pero de la que viven muy bien. Queman, rompen e insultan. Pero no pasa nada. Aquí, se mira para otro lado, dándole la espalda a una situación que, la maquillen como la maquillen, es muy grave e impensable en cualquier país civilizado que jamás permitiría que se ultrajaran, públicamente, los símbolos de la patria

¡Visca la República!
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