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ESTOS DÍAS los colectivos sociales tienen la sensación de estar gritando en el desierto. La resonancia de cada una de sus reivindicaciones resulta inapreciable para los sentidos. Parece que todo gira en torno a un mismo asunto que se localiza en un pequeño rincón peninsular llamado Cataluña. Ahí empieza y acaba todo.

Con la justificación de una crisis política, sin precedentes en España y la Unión Europea, las demandas reales han quedado relegadas a un segundo o tercer plano. El ruido es tan ensordecedor que cualquier gobierno tiene las manos libres para hacer y deshacer en un futuro presupuesto: "Pongo aquí. Y quito allá". Con suma libertad. Nadie va a tener la capacidad de rebelarse ante una decisión política injusta o insolidaria.

De hecho, esta afirmación se cumple sin fisura alguna. Hace unos días se conocía que el ejecutivo de Mariano Rajoy mordería en las partidas destinadas a sanidad y educación en favor de áreas como la de Defensa. Hasta la fecha, pocas o muy pocas han sido las voces que han manifestado una total divergencia contra una repartición de los recursos tan inaceptable. En especial cuando hablamos de un país que ha sido incapaz de sacudirse el severo problema de la pobreza.

En honor a la verdad, debemos reconocer que las grandes cifras económicas sí brillan pero las pequeñas no. Aquellas que permiten a las personas garantizar sus necesidades más básicas. Y la cosa se complica aún más, a medida que pasa el tiempo, porque la escalada de precios no ha dejado de crecer a todos los niveles. No se conoce un solo artículo que haya congelado o rebajado su valor. Al contrario, el encarecimiento se radicaliza contagiado por un modelo económico que aprovecha las debilidades para seguir engordando.

No corren buenos tiempos para izar una bandera distinta a las que ya ondean en el escenario político. Insistir y recordar que la brecha de personas amenazadas por la pobreza sigue agrandándose es, cuando menos, muy inoportuno en la actualidad. En realidad, nunca es momento para estos temas fundamentales. Recordar que la nula inversión en sanidad, educación, lucha contra las desigualdades, ayuda oficial al desarrollo o acogidas de refugiados persevera con intensidad te convierte un individuo incómodo. Además, corres el riesgo de ser catalogado como un ser antisistema o de ideas marginales. Una de esas personas destructivas a ojos del sistema capitalista.

Y, ante la sordera crónica, para activistas y ONGs ya solo quedan espacios como las redes sociales para visibilizar y denunciar una determinada realidad. Últimamente, los algoritmos se han mostrado más sensibles que muchos seres humanos con capacidad de decisión. Así que, llegados a este punto, aprovecharemos la nueva extensión de 280 caracteres en Twitter para no cejar en el empeño. Se espera, al menos, un retweet o un like ¡Gracias por seguirnos!

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