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Aceite de palma

EL ENGAÑO es mayúsculo. Combustibles basados en el nuevo concepto biodiesel se han convertido en otra bonita estrategia de marketing que, como en otras ocasiones, daña lugares lejanos para quien lo consume y cercanos para quien vive en el territorio. El caso de Indonesia resulta indignante: la desproporcionada producción de aceite de palma provoca, desde años, unos niveles de deforestación sin precedentes. Se trata de una industria que arrasa con una ingente cantidad de recursos naturales que inciden en la vida de las personas en la zona, en la supervivencia de ciertas especies de fauna y en el equilibrio medio ambiental. Máxima rentabilidad en cada cultivo a cambio de nada. La compensación por tanto daño se reduce a desplazamientos, migraciones y pobreza.

En resumen, un impacto social y humano que no dista mucho del ecológico. Éste último tampoco parece menor. Según organizaciones, nada sospechosas, como Greenpeace, sus investigaciones sobre las consecuencias de una masiva producción apuntan a que se genera un alto índice de emisiones a la atmósfera; un hecho que sitúa a esta zona del mundo entre las más contaminantes después de China. Y los principales y las principales responsables se encuentran descansando sus conciencias a miles de kilómetros de distancia del dramático escenario. Empresas y compañías transnacionales logran, con una leve instrucción, actuar e intervenir sobre los extensos campos de cultivo.

Gracias a firmas de capital europeo y americano, medio mundo come productos bañados en aceite extraído de las palmeras. Y otro medio se mueve en su vehículo particular sin percatarse de los nocivos efectos de un producto. Tanto en un caso como en otro la situación de impacto es total.

Lo más curioso es que la mayoría de las corporaciones se comprometieron a controlar su propio descontrol destructor. La fecha límite se sitúa en el año 2019. Aunque, las evidencias solo pueden invitar al más absoluto pesimismo. Se cumplirá aquello de que "del dicho al hecho a un buen trecho". Y ya se sabe que los acuerdos tienen dos opciones: cumplirse o incumplirse. En este caso, parece que una gran mayoría se decanta más por lo segundo que por lo primero. Por un escoger un camino en el que la producción de aceite que, genera pingues beneficios, no dejé retorno alguno para población local. Solamente, incontables afectados por un sector que ha sabido instalarse en cada uno de nuestros hogares a través de un vasto número de artículos de primera necesidad,

Basta con abrir un refrigerador o la puerta de una despensa para tropezar con una realidad pringada por el aceite de palma. En cada etiqueta podemos certificar como chorrea nuestra complicidad ante una actitud pasiva con la injusticia social y con la degradación medio ambiental. Como mordisco a mordisco, kilómetro a kilómetro desforestamos bosques tropicales en Indonesia sin que nadie ni nada lo remedie. Una destrucción que primero afecta allí y luego golpea aquí. Pero, somos incorregibles. Seguimos empeñados en cerrar los ojos ante un problema global. Y lo hacemos brindando con aceite de palma la llegada de un Cambio Climático que ha venido para quedarse.

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