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Hemos iniciado el año con nuevos naufragios y una evidencia indiscutible: cada vez son más los que llegan con la intención de cruzar de África a Europa 

DETENER LA mirada con las coordenadas fijadas en las fronteras del sur de la península supone desinflar o llegar a pinchar el flotador de la esperanza. El goteo de personas a la deriva es incesante. Mantener a flote el ánimo de que algún día el drama humanitario, que allí acontece, tendrá un punto y final se hace igual de difícil que navegar en patera por el Estrecho. Hemos iniciado el año con nuevos naufragios y una evidencia indiscutible: cada vez son más los que llegan con la intención de cruzar de África a Europa. Otra bien distinta es quién lo consigue y quién no. Resumir una realidad humana en datos se convierte una labor que nos da una dimensión del problema carente de sentimientos, emociones, miradas, sensaciones. Resulta muy gélido. Pero, los números sí nos pueden inducir a reflexionar sobre quien maneja la barca en el gobierno y que rumbo lleva en asuntos humanitarios. De momento, se certifica que hemos traspasado de la orilla del 2017 a la del 2018 y la situación no se presenta igual… Para nada. Empeora de manera pronunciada: casi dos mil personas han sido rescatas en aguas españolas durante el trimestre mientras trataban de alcanzar la costa a bordo de un centenar de pateras. Estos datos suponen un aumento de cerca del 78%. Se trata de cifras oficiales aportadas por la Delegación del Gobierno del Estado en Andalucía. Y todo apunta a que la presión migratoria no cesará en los meses venideros. Al contrario. En tanto en cuanto no crezcan los recursos destinados a Ayuda Oficial al Desarrollo seguirán llegando seres humanos buscando una opción de vida. Un lugar, exento de la violencia o pobreza, donde no merodeen esas amenazas con las que cualquiera nos negaríamos a convivir. Y, en este capítulo, ni España, ni Europa, caminan por el buen camino. Un trabajo realizado de las ONGs afirma, con rotundidad, que si se persiste en destinar recursos a la solidaridad con una cadencia tan exigua no se llegará a cumplir hasta el año 2053 con el indicador del 0,7%. Un porcentaje que, en muy pocas ocasiones, se ha logrado cumplir por desinterés político. Esta afirmación es lo mismo que decir nunca o casi nunca. Y una fecha perdida en el frondoso bosque del tiempo que no permite ver el futuro. Con todo, podemos atribuirnos el decepcionante logro de convertir un compromiso global (principalmente el de todos los países desarrollados) en una mera utopía. Un objetivo que puede llegar a generar dudas porque pudiera parecer inalcanzable. Pero, que nadie se equivoque. Ya lo aclaró, en su día, el gran escritor Eduardo Galeano ante la pregunta: ¿para qué sirve la utopía? “Sirve para caminar hacia adelante”. Suficiente acicate para seguir intentándolo.

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