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Agua contaminada

Dicen que la mejor medicina contra ideologías que fomentan la intransigencia a los colores, sabores y sonidos de otras personas pasa por neutralizar esos planteamientos con inteligencia

NO SON POCAS las personas que han optado por despegar los pies de sus raíces. Saltar de una realidad a otra sin el recomendado paracaídas. Apostando todo a una carta. Pero es muy cierto que cuando no hay nada poco se puede perder por el camino, al intentar alcanzar una nueva oportunidad. No son pocas las amenazas a la vida en diversos escenarios: se me ocurren algunos como Chile, Bolivia, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Siria… La lista de países es más amplia. En todos esos lugares, y otros muchos no mencionados, las personas viven atenazados por el miedo a lo que pueda ocurrir al minuto siguiente. Tanta es la presión social que, finalmente, la decisión deriva en la apertura desesperada de la puerta de la emigración. A partir de ahí la incertidumbre desciende un par de escalones. Y se cambia el verbo sobrevivir por vivir y aumentan los músculos de la esperanza, dejando atrás un contexto cargado de conflictos y violencia. De estos aspectos huyen miles de seres humanos a diario. Orientan sus brújulas con las coordenadas de aquellos lugares donde las constantes vitales se mantienen a un ritmo sosegado. Diferente. Sin sobresaltos. Desde luego, se trata de una opción legítima y humana. Nadie puede negar, que en las mismas circunstancias, trasladaría a toda su familia a un espacio seguro y digno. Y exploraría y buscaría el más idóneo. Un comportamiento que, en destinos como España, supone una demonización de aquel que persigue un rayo de luz ante tanta penumbra vital porque, en los últimos tiempos, existen Partidos políticos que, sin argumentos contrastados, intentan cerrar las fronteras a base de represión y con mensajes trufados de racismo y xenofobia para rechazar y deportar al inmigrante sin respetar algo tan esencial como los Derechos Humanos. A renglón seguido, el discurso del terror al diferente trata instalarse y expandirse con la misma facilidad que una "fake news". Es entonces cuando un pueblo generoso ve secuestrada su vocación solidaria. Y el altruismo de una sociedad sufre un encarcelamiento ante la confusión de un ruido ensordecedor llamado intolerancia. Dicen que la mejor medicina contra ideologías que fomentan la intransigencia a los colores, sabores y sonidos de otras personas pasa por neutralizar esos planteamientos con inteligencia e incidiendo en que la diversidad cultural enriquece, engrandece y edifica una convivencia colectiva asentada en los principales valores humanos. Es decir, contraponiendo una ideología abierta a una cerrada. Y ante el posible riesgo de contaminación la recomendación más efectiva se centra en evitar beber agua procedente de las cloacas políticas. Últimamente, el caudal ha crecido de manera incomprensible; un hecho incuestionable. Aunque, prevenir una epidemia está, todavía, a nuestro alcance.

Agua contaminada
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