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Deportaciones masivas

VIVIMOS TIEMPOS en los que se estila la deportación masiva. A este y al otro lado del Atlántico. En el caso de España se producen con la complicidad del silencio. Aprovechando la penumbra de la noche. Con la idea de que a la mañana siguiente nadie echará en falta a los cientos de inmigrantes que se encuentran en los denominados Centros de Internamientos a Extranjeros (CIES). Unos espacios que, en algunos casos, han resucitado viejas cárceles que fueron jubiladas por no reunir las mínimas condiciones e incumplir con los criterios básicos de los Derechos Humanos. Pese a todo se siguen utilizando como sistema de reclusión para los inmigrantes que traspasan las fronteras, principalmente, por el sur del país. Uno de estos ejemplos nos sitúa en Málaga. En los últimos días, el centro de Archidona estaba funcionando con esta finalidad. Pero, como se suele decir, los problemas no vienen solos.

La muerte de un joven argelino, Mohamed Bouderbala, puso entredicho las políticas que aplica el Ministerio del Interior en el trato al inmigrante mientras permanece en el territorio nacional. El eco y la polvareda de esta polémica no ha permitido conocer la versión real, aunque sí la oficial, sobre la causa del fallecimiento. A partir de este hecho se aceleró un proceso de deportación masiva con el objetivo de esconder –que no resolver– un problema: la pobreza mental lleva a algunos a sostener la idea de que si no hay testigos, no existe la posibilidad de rebatir la teoría, fabricada en los laboratorios políticos, sobre las causas de la muerte. Por desgracia, lo prioritario es poner a salvo el prestigio de ministro y su equipo directivo en lugar de dar sentido a cientos de vidas que se han jugado el pellejo buscando una oportunidad.

A día de hoy, allí ya no queda nadie. Vuelve a ser ese inhóspito lugar marcado por un pasado y, ahora, por un presente de reclusión y privación de libertad. Esto es solo un punto negro en un papel en blanco. En Estados Unidos, las noticias tampoco invitan al optimismo. La peregrina y lamentable perspectiva del mundo de su actual presidente abrirá, de forma inexorable, un procedimiento de expulsión que alcanzará a miles de personas (200.000 centroamericanos). Entraron en el país de forma irregular, tras superar semanas de peligros y adversidades caminando por el desierto, y lo abandonarán por la fuerza a pesar de sus intenciones de contribuir a la construcción de una sociedad multicultural y con diversidad de colores en sus raíces. Plantear este loable objetivo topa con un escollo difícil de sortear: a este y al otro lado del océano, quienes gobiernan persisten en blindar sus realidades con fronteras y limitar la visión del mundo a una gama bicolor, a un inalterable blanco y negro.

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