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Dignidad

NO ES fácil ser joven en un lugar donde las amenazas se han convertido en algo crónico. Poner un pie en calle supone tener problemas desde los primeros metros porque la vulnerabilidad se da con mayor frecuencia de lo deseado. Los denominados entornos seguros son verdadera ciencia ficción para quienes traspasan las puertas de la adolescencia y dirigen sus pasos hacia la mayoría de edad atravesando el sinuoso camino de la juventud.

Nadie duda que el lugar de nacimiento forma parte del azar. Todo un misterio que resulta imposible de elegir. Y, dependiendo donde ocurra, una o uno puede tener o no al alcance los recursos necesarios que garanticen unas mínimas perspectivas de vida. No era el caso. Edgar atesoraba un extraordinario número de experiencias, impropias para su corta edad. Se encontraba a caballo entre los veinte y los veinticinco años. Recordaba con escrupulosa nitidez las tres veces en las que intentó cruzar la frontera de Estados Unidos desde El Salvador. Sonreía mientras relataba las escalofriantes travesías en las que confió su futuro a un coyote, ese guía de los migrantes que suele dejarlos abandonados a su suerte cuando las cosas se ponen feas. Él probó aterrizar en el sueño americano sin conseguirlo. Sufrió el agrio sabor de la deportación, no sí antes padecer las hostiles condiciones de ser retenido en un centro de la frontera tras ser detenido por la migra, los agentes que custodian el paso entre países. En una de las ocasiones tuvo que esperar tres meses para volver a ver a los suyos y dejar atrás los mundos de la reclusión y la represión. Hubo que soportar la masificación. Encerrado en una especie de jaula, más propia de un zoológico que de un centro internamiento de seres humanos, pasó semanas privado de derechos y de defensa jurídica. Al final, regresó al punto de partida.

Cuando nos conocimos, en una recóndita comunidad de San Carlos Lempa, por uno de esos caprichos del destino, habían transcurrido un par de semanas del tercer intento. Se encontraba, de nuevo, en su país. Un lugar en el que buscó una salida en una agricultura muy mal pagada. Los pésimos jornales, menos de cinco dólares al día por dedicarse a cortar y recolectar la caña de azúcar (al margen de los nocivos efectos que también conlleva para la salud) no le permitían respirar un poco de oxígeno en medio de tanta asfixia. Combinaba el trabajo con la escuela hasta que las duras jornadas le obligaron a cerrar los libros.

No se trata de una excepción. Más bien todo lo contrario, La pobreza extrema reinante en muchas familias empuja, por norma, a las nuevas generaciones a abandonar los estudios y buscar un sustento básico con el que alimentarse. Edgar reconoce, con mucho pesar, que hacer tres comidas al día se considera de un auténtico privilegio en casa. "Tener el plato lleno mañana, tarde y noche, para nosotros, es sinónimo de felicidad", reconoce con orgullo. La conversación se desarrolla en un tono sosegado, amable, cautivador hasta que cae la tarde. Sentados en un tronco arrastrado por la corriente hasta la orilla, y disfrutando de un paisaje singular protagonizado por el río Lempa, me regala una confidencia: "Lo volveré a intentar porque todos tenemos derecho a vivir con dignidad. Y no somos menos que nadie. Lo único que hacemos es resistir con menos". Estos días, al ver las imágenes de miles de personas integrando la caravana de migrantes que cruza Centroamérica para llegar a Estados Unidos, pienso en Edgar. Y me pregunto, si la próxima vez que realice la misma travesía, al otro lado de la frontera, le esperará alguien o algo llamado dignidad. Apelo a la esperanza.

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