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Generación perdida

 

LOS AFLUENTES han acabado desembocando en uno de los caudalosos ríos de realidad. Cuando reaparece un grave problema como el narcotráfico es inevitable que el nivel de un agua contaminada crezca hasta ahogar las expectativas de cualquier sociedad en una fosa que se encuentra a miles de metros de profundidad. Se trata de uno de esos grandes problemas que ha supuesto aquí y allá, a un lado y otro del mundo, una verdadera amenaza para nuestras vidas. Una combinación de la violencia asociada a la delincuencia solo ha supuesto una merma de para las presentes y futuras generaciones. Estos días, en España, han vuelto a la escena pública los nombres propios de los promotores de que una zona como Galicia, rica en cultura y recursos, fuese conocida durante décadas como uno de los rincones donde el tráfico de drogas era la salida laboral más habitual de una gran mayoría. Personajes como Laureano Oubiña, Manuel Charlin o Sito Miñanco fueron los verdaderos constructores de un estigma que, a día de hoy, todavía prevalece como un indeseado legado para un pueblo secuestrado por una serie de capos dedicados al suculento negocio de la droga, irrumpiendo en la política, la economía y hasta en el deporte. Su influencia lo impregnaba todo hasta niveles insoportables. Lograron que, ante tal secuestro colectivo, se viviese una especie de síndrome de Estocolmo o un perverso efecto de imitación. Pero, entre los intentos de revertir la situación, fueron muchas las personas que invirtieron su propia seguridad para luchar contra la impunidad de los autores de unas calles, cada año, más envenenadas de heroína y cocaína. Las nuevas generaciones consumían porque conseguir una papelina era mucho más sencillo que comprar una barra de pan. Poco a poco, las grandes operaciones también acabarían por mandar al ostracismo el hermoso paisaje de unas Rías Baixas inundadas de planeadoras navegando a toda velocidad tras ser perseguidas por una patrulla de vigilancia aduanera. Mientras, en tierra, madres y padres comprobaban como por la puerta de casa entraban y salían unos hijos desconocidos que, entre la adolescencia y la juventud, iban perdiendo facultades al mismo ritmo que consumían el veneno de la droga. La asfixia social y humana acabó por estallar a las puertas de las grandes mansiones y pazos de los principales referentes del narcotráfico. Con pancartas y megáfono en mano comenzaron unas reivindicaciones que mutaron en una serie de revueltas. Los decibelios de las familias llegaron a reverberar en los estamentos policiales y judiciales. Hasta tal punto que la contundencia de la lucha contra el negocio de la droga daría algunos frutos, con detenciones e incautaciones, a finales de la década de los 90. Sin embargo, por ese sinuoso camino han rodado cabezas. Tantas que no es fácil llevan un recuento exacto. Eso sí, a nadie se le escapa que la herencia de aquellos años nos dejó en la memoria de la denominada generación perdida y unos cuantos amigos que visitar en algún discreto cementerio.

Generación perdida
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