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Incoherencia

No es sencillo imaginar que el caso de Mamadou Gassama, el inmigrante procedente de Malí que escaló cuatro plantas de un edificio de París para salvar la vida de un niño colgado de un balcón, tuviese una respuesta similar en España. Cuesta ver esa fotografía del presidente del Gobierno sentado en el Palacio de la Moncloa con quien entró en el país saltando por una de las punzantes vallas de Ceuta o Melilla o siendo rescatado en el Estrecho de Gibraltar tras la enésima llamada de la activista Helena Maleno a Salvamento Marítimo. Parece complejo esbozar como sería esa conversación en la que el invitado accidental es preguntado: ¿cómo ocurrió?, ¿qué hiciste en ese edificio? Dos de los tantos interrogantes que planteó Emmanuel Macron, en la conversación, durante la recepción en el Elíseo. Desde luego, las escenas son extraordinarias. Casi contradictorias. Un presidente liberal recibiendo a una de las miles de personas que se encuentran en situación irregular como si se tratase de un referente social, uno de esos interlocutores con el que está obligado a dialogar y llegar a acuerdos. Lo más habitual sería que un político con ese ADN, al minuto siguiente, diese instrucciones de que Gassama fuese conducido al aeropuerto Charles de Gaulle para ser deportado a Mali en el primer avión disponible. Pero, no fue así. Su increíble valor, trepando por la fachada del edificio para salvar la vida del niño, se ha traducido ahora en una automática regularización y una inmediata inserción laboral como profesional de las emergencias en un parque de bomberos. Historias con final feliz que solo las producciones de cine más optimistas e irreales habían logrado ofrecer hasta la fecha. En la Europa actual, vestir la piel de inmigrante o refugiado tiene unos costes humanos muy elevados: rechazo, discriminación o exclusión, entre otros. Y Francia tampoco es ajena a ese comportamiento. Aunque, en esta ocasión, ha dado un ejemplo de absoluta incoherencia con la aplicación de duras políticas en materia de extranjería mientras en un chasquido de dedos logra fabricar unos papeles que dan sentido para que una persona decida huir de una guerra, cruzar desiertos, traspasar varias fronteras o subirse a una patera en un mar acostumbrado a tragarse los cuerpos y llegar hasta un lugar desconocido en el que se convertirá en un ser invisible. Y así fue hasta esta misma semana. Solo treinta segundos cargados de valentía fueron más eficientes que todo lo anterior.

No obstante, cabe preguntarse: ¿este mismo caso al otro lado de los Pirineos habría registrado la misma reacción política y social? Es probable que no. Una noticia. Unos segundos en los informativos y poco más. Y no se habría dado un caso cargado de tanta incoherencia. Si bien, ciertos tipos de incoherencia llegan a enamorar y reconciliarle a uno o a una con la esperanza.

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