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Juventina

 

SU PEQUEÑA estatura física se corresponde con las personas de origen mam maya que lograron poblar el área noroeste de un país tan hermoso como complejo de Centroamérica. Después de conversar con ella y escuchar sus reflexiones argumentadas es evidente que Guatemala todavía trata de cerrar las profundas heridas de un pasado atrapado en más de 35 años de guerra civil, alentada por el clásico enfrentamiento de los dos bloques que dividieron el mundo entre capitalistas y comunistas. Aquellas insalvables diferencias dejarían a muchos rincones del mundo y, en particular, de Latinoamérica enormes secuelas aún pendientes de reparar. En el caso de Guatemala, un gran problema como la post guerra derivaría en otro. Y así se generaría un efecto dominó que, en el presente, mantiene sumida a la mayoría de sus gentes en unos umbrales de la pobreza y en unos niveles de violencia absolutamente inaceptables. Una realidad que, en los últimos tiempos, se ha agravado. Por un lado, ante la creciente tendencia a abrir las puertas a las seductoras propuestas de la corrupción en las instituciones. Por otro, ante a la elevada presencia de las maras. Un castigo que se multiplica para quienes pertenecen a alguna de las numerosas comunidades indígenas repartidas por el territorio. Culturas que llevan décadas tratando de repeler las hostilidades de la xenofobia y de la discriminación racial, y defendiendo su identidad ante el objetivo de buscar la extinción de los pueblos más arraigados en las costumbres, creencias o lenguas ancestrales. De todo ello se queja una activista de referencia en el país. En un análisis indiscutible no duda en lamentar que el pueblo luchó y se enfrentó para defender los intereses de la oligarquía y las élites. Para, a continuación, denunciar que, además, los indígenas fueron víctimas de un genocidio no reconocido de manera oficial. Juventina López concentra la lucha indígena de las mujeres en un menudo cuerpo. Con una inteligencia cimentada a base de experiencias en combatir las desigualdades y la discriminación asegura también que los hombres son el complemento de las mujeres y viceversa. Y lo dice respetando este orden pero con extrema intención para anunciar –con palabras bien ordenadas y pronunciadas con un tono moderado– que ha llegado el momento en el que una mujer pueda exigir el lugar que le corresponde en una sociedad eminentemente machista y patriarcal. Ante esta declaración de intenciones deja claro que el camino por el que peregrina, a diario, da prioridad a las mujeres en espacios de la vida en los que, hasta hace bien poco, su entrada estaba prohibida o muy restringida. Le aflige que la doble condición (mujer e indígena) haya llevado a sus abuelas y madres a escenarios de represión silenciosa. A vivir sometidas al dictado de ellos. A padecer la falta de libertades. A pasar por la madre tierra secuestradas sin el más mínimo derecho a ser rescatadas de la oscura realidad. Juvetina advierte que sus compromisos adquiridos con la igualdad y las libertades son una parte irrenunciable de su vida, al igual que muchas mujeres de su generación. Y, aunque no lo dice pero lo insinúa: "quien avisa no es traidor".

 

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