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Libertad

 

LIBERTAD ES un hermoso concepto repleto de complejidades que, en no pocos lugares el mundo, exigir el derecho a ejercerla supone un elevado coste. Hay quien se empeña en ello. Y por eso, en múltiples ocasiones, el pago de la vida se convierte en la inevitable moneda de cambio. Desde el inicio de los tiempos el ser humano siempre ha defendido la remota posibilidad de vivir acomodado en un espacio de libertad. Otra cosa bien distinta es que lograse tal objetivo. Aunque los intentos no han dejado de repetirse una y otra vez. En la actualidad existen múltiples ejemplos. Escogemos uno de tantos: le llaman el triángulo norte. Allí se encuentran países como Guatemala, Honduras y El Salvador. En ese rincón se esconde Centroamérica, uno de esos escenarios donde sí hay algo garantizado es la criminalización de la diversidad sexual. Aquellas personas que opten por desertar de la condición hetereosexual, poniendo en práctica un valiente ejercicio de libertad, son conocedores de que obtendrán como respuesta colectiva el rechazo y la discriminación más radical. En la diferencia reside el perfecto argumento para excluir de manera casi automática; sin reparar en que el planeta ya ha girado unas cuantas veces durante miles de años como metáfora física de una evolución que no acaba de materializarse en la convivencia de los seres humanos. La pluralidad en el campo sexual tampoco es una realidad de reciente llegada. Sumamos siglos con una parte de la humanidad tratando de demostrar que el asunto de la sexualidad no es cosa de una sola y única opción. Pero, entre los dogmas religiosos y las culturas más conservadoras anda el juego de la opresión y exclusión. Lo más grave, en casos de un país como El Salvador (un campo abonado de diferentes expresiones de fobia a la diversidad sexual), es que anualmente la suma homicidios y episodios de violencia física y psicológica no ha dejado de crecer. Una hostil pecera en la que han aprendido a nadar y bucear las personas de la comunidad LGTBI. En una sociedad que no les reconoce viven personas como Bianka. Una de las voces de la ONG Concavis y del colectivo Trans. Al conversar con ella percibes que el sufrimiento es constante. Que el dolor a la incomprensión sobrevuela en todo momento. En cada palabra, gesto, suspiro, silencio. Pero, en su lucha, tiene claro que la resignación no tiene cabida. Tampoco existe espacio para convivir con la renuncia. Por eso, mira al horizonte y persigue a la utopía para continuar caminando (siguiendo así el sabio consejo del irremplazable Eduardo Galeano). Y lo hace con la esperanza de que algún día la bandera de la vida sea multicolor y la diversidad abrace a la normalidad como a una hermana mayor llamada libertad.

 

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