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Limbo de la incerteza

Reaparece la áspera realidad de la Isla de Lesbos (Grecia). Un lugar donde se visibilizaron las primeras escenas reales de una crisis humanitaria que provocó la arribada a las orillas europeas del Mar Mediterráneo de una incesante marea de seres humanos, que a día de hoy nadie ha mostrado voluntad alguna de detener. ¿Su único pecado? Huir de la guerra en Siria, de la tortura y esclavitud en Libia o de una virulenta pobreza de otros tantos países de África. Principales causas de unos desplazamientos masivos que algunas versiones (forjadas a base de ignorancia) se atreven aseverar que forman parte del entramado, de la tupida red de las mafias de trata de seres humanos. Cuando, en realidad, se trata de recurrir a la fórmula de la simpleza para ponerla al servicio de quienes desean anestesiar la conciencia y despertar cada mañana como fugitivos de la solidaridad. Pero, mientras se construyen teorías sin base en nuevos laboratorios de opinión como Twitter, en Lesbos, en ese simbólico rincón del mundo, continúan pasando cosas. La crudeza en la vida de las personas refugiadas, una vez se atenuó la intensidad del foco mediático, no se detuvo nunca: el frío, la falta de una óptima alimentación o una buena atención médica asedia la existencia de miles de personas atrapadas en el limbo de la incerteza. Allí donde todavía permanece operativo un campo de acogida que, según las últimas noticias, olvida algo tan esencial como la dignidad humana. En especial para mujeres que se encuentran embarazadas, para menores no acompañados o para personas víctimas de la tortura. Soportan pésimas condiciones; viven hacinados, sin apenas agua y comida, con un único médico que atienda sus problemas de salud y rodeados de suciedad e incluso ratas. Una nítida fotografía, a todo color, de la amnesia y de la nula generosidad de los gobiernos europeos que, en su momento, llegaron a celebrar grandes cumbres para abordar este relevante fenómeno migratorio y ofrecer soluciones. La gran mayoría de los países se habían comprometido a dar amparo a un número determinado de refugiados, supuestamente, en función de sus posibilidades. El paso del tiempo ha ratificado una nefasta gestión sin excepciones. Un resultado que ahora la cosmética política esconde en los extremismos xenófobos, racistas y discriminatorios para maquillar y desviar así la atención ante unas obligaciones perdidas en el laberinto de la irresponsabilidad institucional. Y mientras nada cambia, en Moria, en Lesbos, no pocas personas como nosotros, con las mismas necesidades y deseos de vivir con los pies apoyados en los pilares del bienestar, sufren la indiferencia y la gélida respuesta de una Europa que si algo ha logrado es convertirse en un perfecto limbo para miles personas que llegaron con la idea de ser bienvenidas y ahora son prisioneras de una desesperante incertidumbre.

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