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Mamá Edith

EXISTEN PERSONAS que logran demostrar al resto, cuando no se encuentran demasiado ocupadas en salvar su vida, una capacidad innata de resistencia a las mayores adversidades que se plantean. No resulta nada sencillo convertirse en la actriz principal de una de esas terroríficas historias con guión descarnado, cruel e injusto. No parece fácil humanizar una escena tan dura y abundante como es el fenómeno de la inmigración en África. Y aplicar la empatía, ponerse un par de horas en la piel de Edith, no será nunca una tarea apta para aficionados. Este caso no es distinto al de otros. Se debe considerar que invertir dicho esfuerzo acabará siendo siempre insuficiente porque lo imaginable siempre suele ser superado por la realidad. De nuevo, estamos ante uno de los numerosos callejones sin salida para la empatía como también lo es la experiencia vital de una mujer camenuresa que, hace dos años, partía rumbo norte. Con la mirada puesta en Europa. Con el deseo y la esperanza de encarrilar una vida amenazada por uno de los tradicionales casamientos forzados que, en medio del silencio y desinterés de occidente, se producen cada día. Cada hora. En muchos rincones donde las mujeres lloran de noche y vuelven a sonreír al amanecer. Huyó de sus raíces. Renunció a esa parte de su cultura que daña el corazón hasta el descanso eterno. Eludió la prisión de las costumbres ancestrales ancladas en la desigualdad, en la injusticia, en la expresión del machismo más insoportable. Para alcanzar la frontera de Marruecos fueron necesarias varias semanas de desafío a la muerte. Hacinada en la parte trasera de un viejo camión puso a prueba, jugó a una carta, es que le llaman "ganas de vivir". Atravesó el árido e inhóspito desierto desprovista de los víveres más esenciales: comida y agua. Para no perecer de sed optó; más bien, aprendió a utilizar la orina como elemento básico para sumar un día más de supervivencia. Confiesa que durante el trayecto fue agredida sexualmente, en repetidas ocasiones. Lamenta que "nadie hacia nada. Todo el mundo miraba a otro lado". En este intento por llegar a la frontera de las "oportunidades" varias personas murieron en el trayecto. Las condiciones se encargaron de ir apagando sus vidas de la misma forma que se consume una vela. Desgraciadamente, el hombro de Edith fue el último acomodo de una joven como ella. Las fuerzas la abandonaron en mitad del camino. Y, como reza en sus creencias, el difunto no puede acompañar a los vivos. Con el fin de evitar el mal fario arrojaron el cuero y lo abandonaron en medio del mar de arena. Cuenta esto con cierto arrepentimiento. Algo con lo que, a día de hoy, sigue cargando en la conciencia. Ahora, solo anhela regularizar la situación en Marruecos para ver nacer a su bebé, lejos de algo parecido al infierno, y convertirse en una mamá abrazada por la felicidad. Mientras llega esa momento, sonríe a pesar de todo.

Mamá Edith
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