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QUE EL planeta está en una situación de emergencia climática no es, a estas alturas, una novedad. A nadie se le escapa que los últimos cincuenta años han estado marcados por cambios sustantivos en la buena salud del medio ambiente: ya no llueve tanto, largos periodos de sequía, eventos meteorológicos virulentos, aumento de las temperaturas medias, zonas frías que no lo son tanto y así una suma de consecuencias que ha provocado la acción del hombre en una residencia mal entendida en la tierra. Hemos tratado, con mayor incidencia en el último siglo, de adaptar el entorno que nos rodea a nosotros y no aceptar las condiciones naturales propuestas. La solución era bien sencilla: debíamos integrarnos sin buscar la alternativa de cambiar y alterar cosas con la firme creencia de que un ecosistema ilimitado asimilaría un modo de vida depredador. Tanto se ha persistido en un sistema de derroche y consumo que el cauce del río ha alterado su surco para desembocar en el indeseado océano del Cambio Climático.

No debería ser cuestionado aquello que ya es una evidencia. Sin embargo, existe una especie de ceguera inalterable llamada negacionismo. Una perspectiva que trata de justificar, sin lograrlo, la falta de adopción de medidas determinantes para frenar una inercia cada vez más peligrosa para la propia existencia del ser humano; ante cualquier cumbre o encuentro internacional, los objetivos económicos, una y otra vez, se vuelven a imponer como criterio principal ante un verdadero problema secular. Se prioriza la idea de no ceder para no perder beneficios monetarios cortoplacistas por encima de profundas actuaciones estructurales. Se aplaza, por rutina, cualquier intervención posible para rebajar el alto nivel de impacto que nuestra cómoda existencia provoca sobre el resto del planeta. Y un tiempo, del que no disponemos, pasa y nada cambia.

Hace unas semanas, Greta Thunberg, la joven activista sueca, líder del movimiento juvenil contra la crisis climática, acusó a los jefes de Estado y de Gobierno de traicionar a su generación con su inacción frente al cambio climático: "Han robado mis sueños y mi niñez con sus palabras huecas, y sin embargo soy una de las más afortunadas. La gente está sufriendo, la gente está muriendo, ecosistemas enteros están colapsando", les espetó en plena Cumbre en la sede de Naciones Unidas en Nueva York.

Las reacciones de censura, rechazo y desprestigio no se hicieron esperar. Le fueron atribuidas toda clase de conspiraciones y manipulaciones posibles. Se trató de dañar la imagen pública de quien había hecho tambalear los cimientos de un negocio global que beneficia a unos pocos capitalistas frente a una gran mayoría que padece los efectos nocivos del cambio climático. Mientras, unos pocos desaprobaban otros muchos asentíamos con la razón y el corazón un mensaje repleto de justas reivindicaciones, liderado por una adolescente de 16 años. Una escena que simbolizó a un futuro exigiendo al presente que se haga a un lado para no seguir agravando una situación extrema. La llamada de atención volvió a ser seria. No pasó desapercibida. Y dolió por su trascendencia y convulsión mundial. Ahora, algunas energías del inmovilismo se han canalizado en frivolizar y desacreditar a la mensajera. Desde luego, otro error de cálculo porque la mensajera no está sola. Detrás de su alargada sombra contestataria se encuentran una marea de personas que pertenecen a las nuevas y no tan nuevas generaciones. Y si no me creen echen un vistazo a las calles de su ciudad. La realidad les despejará posibles dudas.

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