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¡Mucha caña!

Rozar esa parte del trópico con los cinco sentidos requiere de una especial adecuación mental. Al primer bofetón de un clima húmedo y muy cálido se suma una inevitable incertidumbre sobre que ocurrirá al minuto siguiente. Es como si la atmósfera estuviese, siempre, sobrecargada de una tensión invisible. Algo pasa pero no se ve. Aunque la intuición no traiciona en un lugar así: "toda precaución es poca". La desconfianza es permanente por que nadie se fía de nadie. Y es lógico ante unos niveles de violencia que superan cualquier indicador esperado en un país donde tratan de convivir más seis millones de personas. Poner un pie en El Salvador es sinónimo de vivir en una constante sensación de aparente peligro. Pero, a todo acaba adaptándose uno. No conviene improvisar en el más mínimo detalle. Por ejemplo, una cuestión tan cotidiana como solicitar los servicios de un taxi puede suponer una odisea por que las empresas que prestan esta clase de servicios no suelen estar al corriente en el proceso de legalización. A ojos de las fuerzas de seguridad y los ministerios de economía, hacienda y trabajo se trata de un negocio invisible. Por norma, el emprendedor arranca una actividad y no declara convenientemente su situación. Una de tantas realidades que forman parte de una cultura en la que la administración y el papeleo son aspectos muy secundarios. Solo se recurre a ello cuando es estrictamente necesario para seguir nadando en la superficie. 

Cerca del 75% de la población logra agarrar un puñado de dólares a lo largo del día gracias a modestas iniciativas empresariales de muy diversa clase. Desde el taxista hasta el minutero (vendedor ambulante de refrescos) pasando por aquel que tiene un puesto de comidas o pupusas. Son pocos los que piensan en los impuestos cuando las necesidades diarias son muy diferentes. La gran mayoría busca un sustento que asegure tres platos de comida al día. No es nada raro que una misma persona pueda realizar diferentes labores para encontrar la recompensa sobre la mesa del comedor de su modesta vivienda. 

Lejos del denominado emprendurismo, otra parte de la sociedad acaba siendo empleada en el sector primario. Para desgracia de una buena parte de las personas que residen en áreas rurales, el cultivo industrializado de la caña de azúcar supone una salida laboral envenenada: la lluvia de agroquímicos no cesa nunca. Se han convertido en la nueva modalidad de tormenta tropical que mata poco a poco. Las avionetas surcan los cielos con impunidad y abren las compuertas de sus barrigas a discreción; sin tener presente que ahí abajo, en las colonias repletas de humildes casas de chapa y madera, residen niños, mujeres y personas mayores que absorberán en el organismo los efectos de una química nociva. Tan maligna que, en el futuro, el sistema renal sufrirá las principales consecuencias. 

Se trata de uno de esos laberintos sociales sin apenas una salida. Acudir a cultivar reporta recursos económicos de mera supervivencia. La falta de posibilidades obliga a las familias de los cañeros a vivir en las proximidades de los campos de cultivo con el evidente peligro de ser un daño colateral ante las constantes fumigaciones que caen del cielo. Una gran parte del azúcar que produce la caña es vendida a históricas compañías internacionales de refrescos o empresas que elaboran otra serie de artículos de elevado consumo en las sociedades más desarrolladas como Estados Unidos, México, Canadá, Francia, entre otros. 

La presión del lobby deja al pequeño campesino al descubierto de cualquier derecho o reclamación sobre su seguridad en el ámbito laboral, Por cinco dólares día de salario, el asunto queda anestesiado y neutralizado aprovechando el alto nivel de pobreza de quien trabaja unas tierras que nadie duda en denominarlas "de envenenadas". 

Aún asi, hablamos de un pueblo, de una parte del mundo habituada a amanecer con el tesón suficiente como para resistir ante las no pocas inclemencias que se presentan, a diario, en sus vidas. ¡Mucha caña!

¡Mucha caña!
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