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No es lo mismo

NO ES lo mismo lanzarse a la aventura de la incertidumbre del mar que intentar trepar por una punzante valla metálica para abandonar un país represor como Marruecos y acceder a España, una de las consideradas puertas del sur de Europa. Y no lo es para el actual gobierno del socialista Pedro Sánchez. Hace unos días comparecía el Ministro del Interior, Fernando Grande Marlasca, para dar cuenta ante el congreso de los incidentes vividos en la última avalancha de 116 inmigrantes, en Ceuta, que acabó con una devolución en caliente al otro lado de la frontera. Según el ministro no se va a permitir que la migración violenta atente contra las fuerzas de seguridad. Y tiene claro que de esta forma se envía un mensaje claro a las organizaciones delictivas. Uno de esos argumentos muy recurridos en la derecha y ahora en la izquierda.

Posteriormente, comparece el presidente del gobierno para matizar que hay grandes diferencias entre quienes pretenden entrar en el país de forma violenta y aquellas personas que fueron rescatadas por el Aquarius en el Mediterráneo Central, buque que recibió autorización para echar el amarre en un puerto seguro como el de Valencia.

Es decir, España ya hace diferencias claras sobre los mecanismos utilizados para huir de la pobreza y las injusticias sociales en contextos en los que la situación resulta insoportable. En función de por donde se llegue y como se llegue la actuación puede ser una u otra. El amparo o no depende de la fórmula escogida. Y con esto ahora se corre el riesgo de incrementar el número de pateras en el estrecho con único objetivo de evitar las devoluciones en caliente.

Desde luego, la imprudencia suena mayúscula y la falta de coherencia en política migratoria no puede ser más errática para un gobierno que abrazó la bandera de la solidaridad y, en los últimos tiempos, iza otra insignia bien diferente a lo esperado.

Detrás de esta decisión también aparece el ejército del racismo y la xenofobia criticando la falta de criterio y aplaudiendo el rechazo en frontera de quienes buscan una mínima oportunidad. Un desatino elevado al cuadrado cuando se trata de vidas humanas. Un juego perverso que solo perjudica a la parte más vulnerable de todo este asunto. La inmigración no puede ni debe convertirse en la herramienta idónea para modular el progresismo, cuando conviene, y proyectar una imagen de determinación y seguridad en frontera para contentar los cinco sentidos de los socios europeos.

Un partido político, que hace un año exigía soluciones a la dura realidad de los refugiados y a la inmigración, no puede traicionar en un tiempo tan reducido los pilares ideológicos que se apoyan en los derechos humanos o en la lucha contra la pobreza. Aunque, desgraciadamente, no sería la primera vez que se demuestra que, en este tinglado de la política, no es lo mismo sentar las posaderas en un gobierno que en los bancos de la oposición. Tampoco sería la primera vez que queda probado que no es lo mismo gestionar que fiscalizar. Y lo más grave: variar el rumbo en el que el derecho a la vida pasa de ser un tema innegociable a un asunto canjeable en cuestión de meses.

No es lo mismo
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