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Es un clásico entre los clásicos del discurso político conservador español. Ante el aluvión de pateras que arriban, estas semanas, a las costas del sur de la península o el elevado número de personas inmigrantes que logran pisar territorio Europeo suele ser habitual que se cuele una cascada de declaraciones que descansan plácidamente en el racismo y la xenofobia. Por ejemplo, el recién elegido presidente del Partido Popular, Pablo Casado, ha sido uno de ellos, lanzando uno de sus grandes y primeros éxitos del verano: “No hay papeles para todos”. La controversia es que este hit no es nuevo. Suena a canción desgastada de pincharla, repetidas veces, en toda cuanta fiesta se homenajea a la discriminación y a la insolidaridad. De hecho, ya la hemos escuchado, en otras ocasiones, de boca de líderes de la derecha o del sector más liberal. Por lo tanto, no se puede atribuir una especial originalidad al repertorio. Se trata de una versión más de uno de esos recurrentes temas compuesto de palabras y frases enemistadas con la multiculturalidad. Desgraciadamente, la cuestión no limitó a esto. Casado, para cerrar el mismo concierto estelar, eligió otro de los grandes entre los grandes: “El Estado del Bienestar en España no es ilimitado”. Otra ocasión en la que se volvió a evidenciar una cierta falta de reflejos y talento en la puesta en escena. Todo ello sumado a un descarado cinismo. Primero, porque el PP, al frente de la gestión del país, ha gobernado con el objetivo de adelgazar los servicios públicos buscando aliados en la iniciativa privada para prestar derechos fundamentales como la sanidad, educación o servicios sociales. Transformando así las necesidades más básicas en un auténtico modelo de negocio controlado por unas élites económicas. Segundo, porque desde su propio partido se pudo oír (con estupor), ante la llegada del buque Aquarius al puerto de Valencia después del rescate de personas en el Mediterráneo Central, que “España no era una gran ONG”. Así, las primeras referencias del nuevo líder de los populares al drama de la inmigración no solo demostraron una esperada falta de humanidad sino que “porque no decirlo” de un mínimo de nivel político. Y, ante esta pésima actuación, el siguiente paso de Pablo Casado fue desplazarse al puerto de Algeciras con el objetivo de estrechar, ante las cámaras, la mano a quienes han podido huir de la pobreza, la guerra o la violencia en sus países de origen. En esos lugares a los que, a día de hoy, la cooperación internacional llega a cuenta gotas debido a que, entre otros, España decidió recortar sin compasión los fondos destinados a la Ayuda Oficial al Desarrollo. Uno de los principales mecanismos que permitirían cerrar algunas de las heridas y reducir los dramas humanos que provocan las migraciones de África hacia Europa. Pero, una cosa es un apretón de manos de cortesía y otra bien distinta es poder mirar fijamente a los ojos de esa gente con los antecedentes que acompasan al actual presidente nacional del PP.

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