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Photoshop

EL PASO fronterizo se encuentra empotrado en medio de la panamericana: Honduras y El Salvador diferencian su territorio en un kilómetro casi indeterminado. De hecho, nadie pregunta por ese dato. Integrado en el paisaje, un pegote de cemento (en medio de la nada) se encarga de obligar a propios y extraños a detenerse en ese inhóspito lugar. Allí, solo estás invitado a continuar la marcha. A interrumpir la ruta el menor tiempo posible. Y a salvar las barreras, cuanto antes, esquivando los posibles incidentes que pudiesen surgir: revisión del equipaje por parte la unidad de narcóticos, un mal entendido con el funcionario de la oficina migratoria o una discusión con un vendedor incisivo. Pero, para ello, la virtud de la paciencia debe salir a relucir durante toda la tramitación. El objetivo es pasar de un lado a otro de la frontera sin posibles sofocos. Al habitual cuestionario de inmigrante, que uno debe rellenar entre curva y curva en el autobús, se le añade la exigencia de tener que proporcionar varias huellas dactilares de la mano tanto derecha como izquierda. Es el único alarde de digitalización que, en ocasiones, sufre alguna imprecisión por el sudor que provoca el fuerte calor y la humedad tropical. El resto se rige por las excelencias de formalizar una entrada o una salida a través de medios analógicos: bolígrafos y papel contra teclados y ratón. Incluso, algunas caras se resistían a ser maquilladas con Photoshop antes de ingresar en la base de datos. Y así han funcionado las cosas desde hace décadas. En uno de los pequeños reductos donde la vida todavía no es virtual.

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