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¡Racismo!

TODOS LLEVAMOS a un pequeño racista dentro. El que lo niegue miente de puertas adentro de su existencia y al resto del mundo. Engañarse asimismo puede ser la mayor de las traiciones en las que uno o una puede resbalar. Por mucho que nos empleemos, a fondo, en recurrir a la construcción de un discurso que condene el racismo o la xenofobia los esfuerzos resultarán insuficientes. Tarde o temprano la fórmula terminará registrando vías de agua.

No funcionará porque estas actitudes y comportamientos son más profundas y estructurales. Nacen en las raíces educativas y en cómo hemos socializado. Bien sea por las incertidumbres que genera el desconocimiento o bien sea por un irrefrenable rechazo al diferente no parece evitable hacer daño con una mirada, un gesto no verbal o, incluso, una palabra afilada a quien se presenta ante nosotros vistiendo un color de piel diferente, portando un vestuario distinto o hablando una lengua con una fonética no entendible. En cualquier caso, de vez en cuando, se nos escapa el enano (que se esconde en el interior) evidenciando falta de costumbre o adaptación a la diversidad racial, cultural o social. El etnocentrismo de la sociedad ha provocado que la sensación de supremacía siempre planee en esta clase de situaciones.

Para empezar a resolver el problema lo conveniente es reconocer que eso nos ocurre y tratar de aplacar al pequeño racista cuando asome la cabeza. Trabajar y esmerarse por mejorar estos defectos de fábrica supone a la par promocionar la integración a largo plazo. Se trata de una terapia de choque imprescindible.

Estos días se ha celebrado el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Los informes no puede ser más pesimistas: el racismo crece. Y lo hace forma exponencial. Los delitos de odio no solo son exclusivos para personas que tienen un color de piel diferente o utiliza una lengua o acento distinto sino que personas con discapacidad también padecen el castigo de la venganza por representar a una convivencia con diversidad funcional. Esta clase de hechos han crecido un 15% y el incremento no se detiene. Así que el racista también muta en otras variantes más allá de la discriminación y el rechazo. El sentimiento de odio se establece como norma de comportamiento ante lo que supone debería ser lo contrario.

La preocupación del Defensor del Pueblo y de organizaciones como SOS Racismo o Amnistía Internacional no deja de crecer. Pero, esta intranquilidad debe, obligatoriamente, extenderse al resto de la sociedad. A fin de cuentas es ahí, ese macro escenario, donde se profesa la condena al diferente. Revertir la sucesión de escenas cargadas de odio depende de nosotros mismos. De que logremos reconocer que el racismo ocupa un rincón en nuestra cultura que estamos obligados a desechar. Un día más sin abordarlo sigue enquistando el racismo en nuestras raices.

¡Racismo!
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