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Rayos X

SE DABAN los pasos necesarios para enaltecer la xenofobia más abrupta. A medida que pasaban los turnos era más evidente. Su musical acento y oscuro color de piel hacían imposible disimular una procedencia tan diferente. Un lugar donde la vida funciona con otra perspectiva. Un rincón en el que suceden otras cosas: ni mejores, ni peores. Los allí presentes no perdían la oportunidad de repasar una y otra vez, con la mirada, el cuerpo de aquella mujer. Parecía incómoda ante la imposibilidad de huir de ese centro salud con la intención de evitar la alta dosis de Rayos X a la que la sometía el personal en la sala de espera. Se sentó con la mirada perdida en el gran ventanal para abstraerse de una atmósfera sobrecargada de insoportables estigmas, estereotipos o tópicos. Incomprensiblemente, iban pasando los pacientes y ella seguía aguardando su oportunidad de ser atendida. Llegó el momento y fue recibida por el médico con la misma amabilidad que el resto. Ni más, ni menos. Transcurridos unos diez minutos abandona, con una tímida sonrisa, la consulta. Se siente satisfecha. Deja entrever que las noticias de su revisión han sido positivas. A continuación, otra mujer le sucede. Reprocha al doctor que su anterior paciente ha impregnado de un fuerte olor la consulta. Inmediatamente, es invitada a pedir una nueva cita. De forma indiscreta se escapa por la puerta: «¡Disculpe, soy médico! No hago diferencias en el olor y color». Fue entonces cuando entendí por qué ese médico tenía saturación en el cupo de pacientes.

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