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LA SUMA de días resulta inaceptable para quien defiende la vida tanto en el mar como en tierra. El barco de la ONG Open Arms sigue a la espera de encontrar un puerto seguro tras varios días surcando, sin rumbo claro, aguas del Mediterráneo. En varias operaciones recientes, tres para ser concretos, subieron a bordo a 160 seres humanos, entre los que hay al menos cuatro menores y tres mujeres embarazadas. La gran mayoría buscaban una segunda oportunidad. Y para ello expusieron su único patrimonio disponible: la vida. Una vida que se vió comprometida al intentar cruzar de África a Europa. Nada nuevo que no presenciemos a diario.

La actual situación se dilata, sin visos de solución, en un periodo de espera desesperante. De momento, la tripulación y el resto del pasaje se encuentran frente a la Isla de Lampedusa aguardando a que algún país de la orilla europea autorice la entrada del buque en un lugar que garantice unas mínimas condiciones. Ese momento no acaba o no quieren que llegue al puente de mando del Open Arms. Y, entretanto, las reacciones se han ido sucediendo. Unas en contra y otras tantas a favor de su labor. Aunque, los argumentos que esgrimen para oponerse a este comprometido trabajo son de lo más injusto e incluso rozan, algunos de ellos, la más absoluta crueldad. Porque hacer creer que la organización realiza los rescates de personas para contribuir al negocio de las mafias de la inmigración y cooperar con las redes de trata de personas es, cuando menos, una acusación tan grave que requeriría de una profunda investigación (en caso de que existan los pertinentes indicios) para obligar a echar el amarre definitivo e inhabilitar a la ONG de sus objetivos y misiones. Pero, nada de eso ha tenido lugar. Se trabaja con la máxima especulación abrazada a la demagogia con el fin de inventar rumores y distorsionar así la imagen de un colectivo que, hasta donde sabemos, se ha dedicado a salvar vidas ante una muerte segura en el mar.

Criminalizar a quienes solo proyectan su vocación solidaria a esta realidad es mezquino y demencial. Desgraciadamente, es un estilo que muy frecuente en los últimos años. Responsabilizar a los activistas de un problema sistémico sobre el que no hay intención alguna de actuar. Un hecho que solo puede ser reprobado por una gran mayoría a pesar del ruido y la confusión generada. Un escenario idóneo para que los cargos políticos en las administraciones de los distintos países europeos, que pueden ofrecer una solución inmediata, entre ellos España, miren para otro lado tras entonar una cadena de explicaciones increíbles y legitimar su posición de mantener los puertos cerrados a la inmigración. Un comportamiento que contraviene las raíces fundacionales de la Unión Europea. Sin embargo, con esta continuada falta de respuesta algo queda evidenciado: el tratado de la UE (1993), en la parte relativa a la solidaridad con otros pueblos y la defensa de los derechos humanos, es mero papel mojado a tenor de la negativa de unos y otros a recibir a personas en condiciones extremas.

La primera gran crisis humanitaria de la historia reciente carece de una voluntad y gestión efectiva
 

La primera gran crisis humanitaria de la historia reciente carece de una voluntad y gestión efectiva. Y mientras eso no cambie barcos como el Open Arms seguirán aguardando por unas coordenadas que permitan poner un rumbo preciso hacia el derecho a la vida.

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