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Venezuela

La riqueza en recursos energéticos y naturales suele convertirse en un atractivo irresistible para una suma interminable de corporaciones y multinacionales con sede social en Europa o Estados Unidos

RESULTA curioso que ahora exista una extrema preocupación por la situación de los derechos humanos en un país como Venezuela. La mayoría de los posicionamientos buscan un cambio en la presidencia porque tienen la seguridad de que eso es lo mejor para las personas y su futuro. Toda una ironía. Se trata de utilizar el argumento perfecto para injerir y, si las condiciones lo permiten, intervenir enrollados en medio de la bandera de los derechos humanos en un escenario ajeno. Aunque, siendo un poco más concretos y sinceros, más bien, parece un interés interesado. No es fácil disimular una inaceptable intromisión, de las tantas a las que ya hemos asistido, que no suelen tener un final feliz. Podríamos enumerar un sinfín de casos de una larga lista. Luego, encontramos no pocos lugares del mundo donde la inestabilidad política, los abusos de poder o la violación de las libertades forman parte del día a día de la gente. Y, sin embargo, a ojos de la comunidad internacional, la ceguera es generalizada. Dichos acontecimientos no se ven o no se quieren ver. Se convierte en problemas invisibles, de poca entidad para alzar la voz de la denuncia y reivindicar cambios de manera inmediata por el bien común. ¿Por qué? Pues, la respuesta no presenta demasiada complejidad: la riqueza en recursos energéticos y naturales suele convertirse en un atractivo irresistible para una suma interminable de corporaciones y multinacionales con sede social en Europa o Estados Unidos. A partir de ahí, empieza y termina todo. El nivel de atención o desatención se encuentra directamente relacionado con las posibilidades de acceso y dominio de la economía que le corresponde gestionar a otros. En definitiva, el revuelo internacional creado por la actual realidad interna de Venezuela despierta atracción por el mero deseo de gestionar un patrimonio que, por derecho, es propiedad de los venezolanos y las venezolanas. Resulta curioso que la misma situación en otros contextos de Latinoamérica o África nunca ha ofrecido una reacción parecida a pesar de que los Derechos Humanos no solo se encuentran seriamente amenazados sino que, muchas ocasiones, se han visto vulnerados una y otra vez. Diferencias de comportamiento (en condiciones muy parecidas) que evidencian un cinismo político, capaz de fomentar la perversión de la igualdad y la justicia social con el objetivo satisfacer el ánimo de lucro. Ante lo cual, esa supuesta preocupación por el sufrimiento de un pueblo demuestra que esconde unos intereses opacos, o no tanto. Salvaguardar los derechos humanos es tan solo un bonito atrezo para poner los dos píes en Venezuela y disfrutar del paisaje económico. El resto ya se verá.

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