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Cartas sobre la mesa

LAS CONVOCATORIAS de septiembre llegan con mucha incertidumbre sobre las salidas que se produzcan en, al menos, tres cuestiones: gobierno de España, color de la Xunta que resulte de las elecciones del próximo día 25 en Galicia y la aceleración que pueda adoptar el independentismo catalán. Además de la necesaria consolidación de la recuperación económica a un ritmo que dé respuesta al drama del paro y la necesidad de crear condiciones para una productividad que permita recuperar niveles salariales perdidos. Son cuestiones repetidas hasta la banalización, pero de calado: pueden suponer auténticos terremotos en la línea de estabilidad política y social que marca la vida española de casi cuatro décadas. Pueden y deben enfocarse desde ángulos diversos. Uno puede verse como la negativa o incapacidad para negociar, que refleja el bloqueo en el Congreso para investir presidente; las elecciones en Galicia pueden entenderse como el interrogante ante la alternativa que se plantea a los gallegos: la continuidad de Alberto Núñez Feijóo o la entrada en la Xunta de los grupos de izquierda englobada en la marca En Marea, que amenaza con desplazar al PSOE por la propia autodestrucción del socialismo en Galicia, y al Bloque por su inmovilismo doctrinal frente a una realidad que cambia. Es la llegada de los movimientos contra la crisis.

CERRAZÓN. No están nada claras dos cuestiones: 1) Los dirigentes políticos se resisten a entender los resultados electorales como mandato a negociar y pactar. Los electores una y otra vez no le dan carta blanca a ningún partido: hay que negociar y pactar. Las políticas que se apliquen han de ser acordadas por más de una fuerza. Y 2) No está nada claro que se haya dedicado todo el esfuerzo, todas las capacidades y todo el tiempo que requerirían solamente dos cuestiones: gobierno de España y Cataluña. Por consiguiente, cabe deducir que no se da primacía al objetivo de la necesaria estabilidad política e institucional, que se exige como primera respuesta para concentrar los esfuerzos en el objetivo de que el conjunto del país marche, la ciudadanía confíe en sus posibilidades, muestre confianza, y deje atrás las calamidades y las incertidumbres que para la mayoría trajo la crisis económica. Más que la respuesta de la responsabilidad, unos y otros -no solo unos o uno-, parecen ensimismados en su onanismo partidista y arrojan cisternas de gasolina al fuego de la incertidumbre. De la inestabilidad.

La incapacidad o la negativa para negociar, o la primacía del tactismo partidista frente al interés general, abre inevitablemente un interrogante sobre si PP y PSOE han interiorizado o asumido que los resultados electorales, repetidos en diciembre y junio, son algo más que un accidente temporal y que representan la censura del electorado a las formas y excesos que nos llevaron a la crisis económica y política. El mismo interrogante :¿hablan o no hablan entre ellas las dos fuerzas que marcaron el bipartidismo durante más de tres décadas sobre su capacidad/disponibilidad para una lectura sin anteojos partidistas de la nueva realidad del país y la voluntad de aportar soluciones? La respuesta, aunque solo sea con las señales que han trascendido esta semana sobre la negociación entre Ciudadanos y el PP, pudiera apuntar al pesimismo. Los planteamientos del PP - diputaciones, Senado o los modelos salariales- no pueden ser líneas rojas para negociar; exactamente igual que los mensajes del socialismo, con ese no a priori para negociar. Los dirigentes de los dos grandes partidos de esta etapa democrática, popular y socialista, se resisten o son incapaces de asumir que hay un tiempo que es pasado en su capacidad para decidir en las instituciones y que hubo unos excesos y unos graves fallos que siguen pendientes de un riguroso examen de conciencia y exigen expresión sincera de propósito de la enmienda ante la ciudadanía. No se trata de hogueras públicas purificadoras. Se trata de mostrar a la opinión pública que en muchos casos se ha ido demasiado lejos en materia de corrupción y de que hay voluntad de regenerar con reformas y cambios.

RIESGOS. La estabilidad político-social quedó rota al estallar la crisis económica y, en coincidencia temporal, al extenderse el hedor de la corrupción. Provocaron la reacción de los movimientos antisistema y la izquierda radical -recuérdese el cerco ante el Congreso-, como en otros países europeos supuso la emergencia del populismo de extrema derecha. Hay unas consecuencias políticas de la crisis económica y de los excesos del bipartidismo que se traducen en cambios en el mapa electoral español. Parece que en el PP y en el PSOE domina la posición o los intereses de quienes lo ignoran o lo ven como un accidente. Impera el no nos moverán. Para la estabilidad del país y del sistema sería aconsejable que fuese las organizaciones del tránsito democrático en España las que liderasen ahora el proceso de regeneración y cambio. Cuando los hechos cambian, para tomar el título de la obra póstuma de Tony Judt, las respuestas han de cambiar, han de adaptarse o formularse para la nueva situación. Y está claro que se han producido cambios y convulsiones en el mundo, en la sociedad española y gallega en este siglo XXI. La globalización está ahí para bien y para mal -no se quiere hacer luz en sus amplias zonas de sombra- ; la crisis económica genera pobreza, desesperanza en la ciudadanía, cambios en la estructuración social y al estado de bienestar, que afectan a la estabilidad; los déficits democráticos en la maquinaria de los partidos y su financiación y un largo etcétera, entre los que figura la reforma de las administraciones públicas -superposiciones, carencia de contenidos- que no se afrontan por cuanto afectan al poder y a la capacidad de generar empleo/dinero/dependencia por los aparatos de partido.

Lo cierto es que carece de lógica aplicar medicina a enfermedades inexistentes o que resulta ridículo reducir a una dosis de aspirinas lo que ha de ser amputación. Ambos supuestos se dan ahora en la política.

A Mariano Rajoy lo pretenderán humillar con un fracaso en la investidura, como gran objetivo político-personal de Pedro Sánchez. Pero, frente a esta táctica que se pasa por el forro el interés general aunque lo revista de no a las "políticas que representa Rajoy", es incuestionable que a la ciudadanía no ha llegado noticia de que se haya dado un paso desde el PP para evitar esa escenificación. Y debería quedar patente -si fuese así, que no lo sabemos, aunque lo parece- que Pedro Sánchez y su entorno se niegan a negociar y a exigir un acuerdo extraordinario -no hablemos de legitimar la corrupción a lo Patxi López, ya que toca a los dos- para una situación extraordinaria como la española.

La consecuencia es este sinsentido de una investidura fallida, después de repetir elecciones. Llegados aquí la ciudadanía debe contar con las cartas de todos encima de la mesa -de PP y PSOE principalmente ya que Ciudadanos sí las mostró- para poder adoptar posiciones políticas frente a los líderes y a sus formaciones ante una nueva convocatoria electoral. A pesar del caudal continuo de noticias, declaraciones y tertulias, falta información real para atribuir las responsabilidades a quienes correspondan. ¿Toda la realidad del proceso para dar salida a la formación de un gobierno es la que reflejan las declaraciones de los portavoces o líderes de populares y socialistas? ¿Todo se reduce a ese no de Pedro Sánchez y su entorno de portavoces varios y, por parte del PP, todo se reduce frente al PSOE a una apelación, sin concreciones de negociación y pacto, a la responsabilidad de Pedro Sánchez? Si este fuese el retrato real del momento de España, sería para estar mucho más preocupados de lo que la parálisis de meses por sí misma representa. Con estos mimbres, España no habría construido un sistema democrático en paz tras la muerte del dictador, ni habría alcanzado los pactos de la Moncloa como salida a una situación extraordinaria del país en materia económica y política.

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