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Dinero propio y ajeno

SE LE puede o no poner límite a las remuneraciones de los altos cargos y directivos de la banca? Mejor, ¿se debe? La pregunta en este segundo planteamiento implicaría que si son necesarios cambios legales para hacerlo —para marcar topes o condicionarlos a resultados— deben afrontarse por los legisladores. Después de la experiencia de la crisis de 2008 y ante los anuncios de despidos en masa de personal bancario con las fusiones que marcan el momento actual, con la reducción- desaparición de oficinas y las prácticas, empezando por los horarios de caja, que aplican con los clientes, parecería normal que como obligados usuarios que somos alguien nos explicase la política, el libro de ruta que va a seguir el sector bancario. La respuesta de que sería intervencionismo o negación del libre mercado puede ser un comodín tópico.

No es posible vivir en esta sociedad sin vincularse a una entidad financiera. Es una imposición, no una opción. La posición del ciudadano ante la banca no es una decisión que pueda adoptar libremente: elegirá la marca, cada vez con menos opciones, pero necesariamente ha de contar con una cuenta bancaria. Por tanto, sin viciar para nada los principios del liberalismo, sin intervencionismo bolivariano alguno ni socialización intervencionista de nada, hay unas obligaciones y responsabilidades del sector bancario ante la ciudadanía que pueden y deben regularse. El propio sistema debería ser sensible a que se produzca la transparencia. Las prédicas de los rupturistas, que traen inestabilidad, apuntan a manejos e imposiciones ocultas. Transparencia, como respuesta y garantía de estabilidad. Inclúyase que la competencia exista y se dé en la practica.

El negocio de la banca como el de cualquier empresa se reduce a la cuenta de la vieja: cuánto entra en la caja y cuánto sale. No asiste a sus mejores momentos. La explicación se la debo a un ilustre profesor de Economía en charla informal. Añadió un consejo: algo se oculta en la marcha de un negocio cuando en lugar de mostrar los beneficios netos en la presentación de cuentas se destacan múltiples conceptos, por supuestos que positivos, que el ciudadano normal no maneja. Suenan a chino pero adornan bien. Algo tapan.

Tradicionalmente la presentación de cuentas de la banca y las cajas era una carrera desenfrenada de mejora en los resultados, de crecimiento histórico y único, trimestre tras trimestre y año tras año. Era un ascenso hacia el infinito que, si no terminase como terminó, sonaría a broma. Cuando el globo explotó allá por 2008-2010, todo aquello se desmoronó, incluso antes de que se anunciase el final de la fiesta que las autoridades competentes en España negaban y calificaban de antipatriótico hablar de crisis. Cuánto había de verdad y sobre todo cuánto había de mentira en aquella feria de las vanidades, fundamentalmente personales de los grandes directivos. ¿Quién lo consintió? Nos quisieron echar la culpa del incendio a todos, cuando los que desparramaron los depósitos de la gasolina por todas partes —calles, solares, y hasta las playas de vacaciones— repartían a todo quisque cerillas, mecheros e incluso sopletes sin necesidad de que se los pidiesen.

Aquel misterio quedó sin resolver. Esperemos que nos despejen el actual: crecen en dimensión de negocio, se fusionan para asegurar el futuro, reducen plantillas bajo el paraguas de evitar una nueva crisis. El usuario tiene algo más que la percepción de que pierde calidad en el servicio que recibía

Dinero propio y ajeno
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