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El paraíso perdido

La verdad, no me hace gracia observar cerca de mis pies o de las manos una víbora de Seoane. Algo tendrán que ver con esto las altas temperaturas, incluso por la noche

El prado es un secarral, los castaños se mueren y los mirtos que hasta hace pocas semanas ofrecían la música de las abejas, que acudían a la llamada del perfume de sus flores, son ramas absolutamente muertas que de un día para otro pierden todas las hojas. El canal de agua que cruza el prado lleva semanas totalmente seco. El caudal del río ha bajado bastante más de un metro. Para que aquí salga adelante un árbol hay que intentarlo muchas veces. Desaparecen las plantas silvestres que uno fue conservando o las que fuimos incorporando como recuerdo del paisaje de la infancia, como el sabuco, del que voy descubriendo sus propiedades curativas. Tardó un par de años en adaptarse y arrancar desde que Antonio me lo trajo de las tierras del Ulla. También empiezan a secar sus hojas. Están tocadas por la falta de lluvia las xestas o los toxos que cada año avisan del final del invierno con un explosión de amarillo. Incluso se hace difícil conservar las uces, quirogas, queirugas, calluna vulgaris, que convierten el peor terreno en un inmenso tapiz de color.

Este año no hay fruto en los membrilleros, ni en los perales, algunas, pocas, manzanas, como si fuesen un adorno. Tampoco hay fruta de hueso. Parece, después de recurrir al tratamiento químico, que se empiezan a recuperar algunos rosales. Varios hay que darlos por perdidos, como el que llevaba el nombre de Edith Piaf, de flor roja y perfumada: «La vie en rose». Es, o era, un espacio que no sabía si bautizarlo como ‘roseira’ o ‘rosaleira’. Lamentablemente no necesitaré consultar con el amigo Paulino Novo cuál es el término correcto para denominar en la lengua del país una parcela de rosales.

Lo único que aumenta por aquí este verano son los reptiles. La verdad, no me hace gracia observar cerca de mis pies o de las manos una víbora de Seoane. Algo tendrán que ver con esto las altas temperaturas, incluso por la noche. Un vecino próximo tiene teorías conspiratorias sobre el aumento de culebras y víboras. Me abstengo, de momento.

La señal de la sequía la veo en el polvo que en un solo día cubre la carrocería del coche como si uno anduviese en una competición por el desierto en lugar de una pista de ‘xabre’ compacto en Galicia.

Fue un breve artículo de Jorge de Vivero en El Progreso el que me hizo consciente de la sequía extrema en la que estamos, con falta de agua y multiplicación de pestes en frutales o rosales. Ese artículo me encendió la alarma de lo que tenía delante: el paraíso que soñaba se convierte en una tarea imposible, en solo una quimera para ir construyendo con la imaginación cada noche antes de dormirse. Allá se pierde en la almohada.

Sin embargo, volveré a plantar el rosal de Edith Piaf: «Non, je ne regrette rien». Si Umberto Pasti logró hacer realidad el paraíso en Rohuna, un lugar inhóspito, sin agua y sin luz, no se puede renunciar al sueño de la belleza que nos acoja para darnos equilibrio y sentir que la naturaleza nos toma en sus brazos. No hay que darse por vencidos.

El paraíso perdido