Opinión

Espada para la educación

Si Felipe VI falló al no levantarse ante la espada de Bolívar, no tengo criterio —¿se rompía algo por levantarse, qué pretendía decir con su inmovilismo?—, a otros sí les fallan las formas. Algunos incluso exhiben mala educación y carencia de civismo. Se puede ser republicano, monárquico, accidentalista o mediopensionista pero practicar un discurso faltón y maleducado resta toda credibilidad. Si por esa vía se trabaja para que este país acabe en un sistema republicano, pierden fiabilidad y credibilidad las bases sobre las que se pretende construir el cambio. La discrepancia y la defensa de unas ideas que defiendan el afianzamiento en la convivencia y la profundización democrática no se plantean con la ofensa a nadie, aunque sea el rey, el portero del ministerio o el presidente de la Generalitat, incluso en la versión de Puigdemont. 

Parto de un principio, el desconocimiento propio e imagino que muy general, en donde incluyo a muchos de los cabreados con Felipe VI, sobre la existencia de la espada de Bolívar y de su significación político-litúrgica para algunas corrientes políticas latinoamericanas. Añado que el Rey constitucional de España, como toda autoridad y ciudadano, ha de ser respetuoso con los símbolos y sentimientos de los países que dejaron de ser colonias y se independizaron con todo el derecho a ser realidades libres. Y concluyo, a estas alturas del calendario, la celebración del proceso de independencia es memoria y ritual de identidad para esos países, y hasta pueden ser comprensibles los excesos retóricos en algunos líderes políticos, pero ya no es la realidad ni el problema político de hoy. Sería vivir en el pasado. Como gráficamente dice el ministro Miguel Iceta, ya no se le puede decir a Colón que dé media vuelta y no descubra América. Los hechos del pasado no se cambian, aunque se logre modificar la percepción y la transmisión de la verdad

No es la defensa de sentimientos latinoamericanos ofendidos lo que provocó la reacción aquí, es sencillamente la oportunidad para la hacer política interna española: acoso y derribo a la monarquía y a todo lo que represente la Constitución del 77. La ocasión, por cierto, en la que las dos Españas, con renuncias por ambos lados, se encontraron o reconciliaron. Es aquel un tiempo, o debería serlo, para la memoria histórica o más bien para la verdad histórica, como reivindica Lluis Foix con acierto. 

Tanto o más que el problema que pueda haber con la izquierda latinoamericana, que se sienta ofendida con el gesto del Rey, convendría desde aquí repasar el tono y las formas de los políticos españoles indignados con el Rey e igualmente con algunas defensas numantinas del comportamiento de Felipe VI, que parecen vivir o añorar una España imperial en la que no se ponía el sol. 

La permanencia del Rey de España sentado ante la entrada de la espada de Bolívar es, como escribe Ignacio Varela, la gran serpiente de verano para tuiteros antimonárquicos, para tertulianos de los dos bandos y pretexto, como es el caso, para columnistas de guardia en el mes de agosto.

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