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Insensibles al peligro

Las cosas van mal. Pueden ir peor para Europa. Para el mundo. Es una opinión unánime ante el escenario bélico en Ucrania. Estamos, de hecho, metidos en la guerra. De la ayuda humanitaria a la población ucraniana, se pasó inmediatamente a la contribución con armas defensivas y ofensivas.

La información que nos dan es de una absoluta simpleza, lo cual significa que es parcial o sesgada, ante un problema complejo, como insiste en explicar Edgar Morin, una de las pocas voces que se pueden escuchar sin entusiasmo bélico. "La retórica belicista no se compadece con el palco desde el que se entona con elocuencia, ya que no anula la imprevisibilidad de un adversario que podría apostarlo todo a una carta", afirmaba Habermas, en clave de polémica interna en Alemania, en un largo artículo en Süddeutche Zeitung, que recogió El País. Los secuestradores de la información no son los corresponsales de guerra, que arriesgan su vida como vimos con Fran Sevilla, enviado especial de RNE. Afortunadamente resultó ileso en un ataque de artillería al vehículo en que viajaba con otro periodista brasileño. A estos profesionales en el escenario bélico les pretenden teledirigir. Les condicionan el acceso a la información. Es la guerra, en un bando y en el otro. Vale. Pero, ¿es aceptable que aquí, en un régimen de libertades, se corte a los ciudadanos el acceso al canal Rusia Today y los diferentes soportes de Sputnik, sin credibilidad, propagandísticos y todo lo que se quiera? Pero es la visión-versión que da una de las partes. Desde el primer momento del conflicto se aplicó censura de guerra: no podemos escuchar al enemigo, no nos vaya a contaminar, aunque oficialmente no estemos en guerra. Sorprende que nos resulte indiferente que se adopte unas medidas de este tipo que descaradamente coartan libertades que nos definen y diferencian frente al autócrata Putin, enemigo de las libertades.

No son los profetas de las calamidades ni quienes siempre se ponían a la cabeza de la manifestación frente al imperialismo, que solo veían por el ojo que mira al norte de América, los que nos advierten del alto riesgo en el que vivimos en esta primavera de 2022. "Hemos perdido la capacidad cultural de entender la gravedad del peligro", declaraba la profesora e historiadora estadounidense Mary E. Sarotte, especializada en el período posterior a la guerra fría. Acaba de publicar Not one inch. Contextualizar y conocer los antecedentes que llevan a la invasión rusa de Ucrania no implica, ni de lejos, legitimar la agresión. Pero hasta al Papa le cayeron truenos encima por declarar a un periódico italiano que la ampliación de la Otan es un factor —uno, no el único— desencadenante de la furia bélica de Putin. Catorce países se incorporaron a la Otan después de la desaparición de la URSS y no hay zona de colchón entre Rusia y la Otan.

Podríamos interpretar con Mary S. Sarotte que la Otan ganó la guerra fría, EE.UU. es dominante en esa organización militar e impone, ahora con Biden, su victoria. Bush, que invadió Irak sin legitimidad alguna, fue el primero que desautorizó a su secretario de Estado, James Baker, en el acuerdo con Gorbachov, "ni una pulgada" más en la ampliación de la Otan, para la unificación de Alemania.

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