Opinión

Más al loro

Era otra cosa en otro tiempo. Basta repasar La timoteca nacional de Enrique Rubio para percatarse de la maestría y habilidad de aquellos timadores y farsantes que embaucaban con sibilina astucia a sus cándidas víctimas, cegadas por su ingenuidad y egoísmo, creyendo que engañaban a los estafadores. Eso sí, eran truhanes que daban la cara y se jugaban el tipo. Que un desconocido se colase en casa de doña Maruja fingiendo ser hijo de la prima Pepita, emigrada en Bilbao, entre abrazos y sofocos, y con tiempo suficiente como para arramplar con todas las joyas y dinero antes de despedirse, era merecedor de premio.

Ahora, más que nunca, abundan también tunantes y sablistas, más sofisticados, de diferente estilo y condición, ocultos en emboscadas digitales y en algo tan difícil de controlar y comprobar cómo las artimañas de la red, pero no por ello menos sutiles; y sin correr el riesgo de verse cara a cara con el engatusado, siempre dotado de la mínima ingenuidad para dar pábulo a lo que se tercie. Que en Lugo la Policía Nacional reciba a diario una media de cinco denuncias por ciberestafas, lo dice todo. Nunca será imposible caer en las fauces de los ciberestafadores, pero sí hay engaños evitables desde la desconfianza y la sospecha. A veces ni así, pero hay que estar más al loro.

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