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Volando voy

EL ALGODÓN no engaña. A Pedro Sánchez le pirra volar. Primero fue su polémico desplazamiento en helicóptero, luciendo superfluas gafas de sol, desde Moncloa a Torrejón, cuando podía haberse trasladado cogiendo carrerilla. Darse un garbeo siempre es saludable. Ahora, reincide con su controvertido periplo en avión presidencial para asistir a un festival de música en Benicàssim, queriendo justificarlo con el paripé de saludo a algunos políticos locales. La oposición se lo reprocha por derroche innecesario de dinero público, pero ese es su papel. Visto por el ciudadano, el exceso disgusta, salvo a los de su cuerda. Cierto que el país no se arruinará más de lo que está por un vuelo más o un vuelo menos. Verdad también que puede hacer uso del Falcón oficial sin permiso de nadie. Otra cosa es si debe, y más si es con aires de prepotencia de nuevo rico, marcando distancias. El último precedente lo protagonizó Alfonso Guerra en abril de 1988 al utilizar un Mystére de la Fuerza Aérea Española para saltarse un atasco de tráfico en la frontera portuguesa, por lo que se armó la Dios es Cristo. Pero una cosa, ya digo, es el rebumbio partidista y otra la procacidad del mal gesto/mal gusto hacia el ciudadano.

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