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Aquellos juegos infantiles en Pontevedra (y II)

COMO QUIERA QUE, al menos entonces, la infancia duraba casi mil años, hemos decidido celebrarla con esta segunda parte. Se han quedado cosas en el tintero. Y es que uno aún recuerda el uso de las plumillas y la tinta china en aula. Y las pequeñas pizarras con marcos de madera donde hacíamos las cuentas y aprendíamos a escribir. Lo dices ahora y te tratan de austrolopitecus, que es lo que probablemente eres.

En clase los profes daban voces y tortas, sin distinguir unas de otras, pues tenían el mismo fin. Ni nosotros ni nuestros padres se escandalizaban: si te quejabas, aún recibías otra. Igualito que ahora. No es que sea esto una apología de la violencia en las aulas, ya hemos explicado la relevancia del contexto. No era de extrañar que una de las principales diversiones en el barrio fuesen las peleas. A puñetazos o “a mañas”. Las primeras te proporcionaban un cutis refractario al acné y las segundas mejoraban tu elasticidad corporal. Ambas modalidades ahuyentaban el frío.

De tiempo en tiempo la pelea adquiría un mayor tono épico porque se concertaba con la muchachada de un barrio vecino. En la zona vieja nos peleábamos con “los del Campillo” o “los del Parador”. Nosotros éramos “los del Crucero”. Eran peleas emocionantes y sangrientas (siempre se sangraba). No tenían un motivo específico: nos peleábamos porque estaba en la naturaleza de los de un barrio pelearse con los de los otros. Usábamos piedras, palos y las manos desnudas. Se trataba más de vivir la sensación bélica que de conseguir algo a través de ella. De hecho siempre ganaban los tuyos. Cuando relatabas los pormenores del combate, exagerabas los golpes propinados y rebajabas los recibidos. Aquellas peleas terminaban con plena satisfacción de los malheridos contrincantes, que exhibían sus magulladuras como evidencia de la victoria (los otros se han ido medio muertos).

No guardábamos ni memoria ni rencor. Al día siguientes estábamos listos para echarles un partido, que era otra forma de pelear, como todo el mundo sabe.

Jugábamos todos los días al fútbol porque había una urgencia incontrolada de ser feliz. Y con una pelota por medio, vaya si lo éramos. De todos los juegos que practicábamos en grupo, el del fútbol era como una metadona infantil y colectiva que nos ponía en otra dimensión. Recuerdo partidos memorables en el campillo de Santa María, sorteando contrarios y árboles por igual, chutando a porterías invisibles y apurando el sprint cuando detectabas la presencia de un adulto que se detenía a observar el juego.

Algunos entretenimientos inviduales, como el juego de las bolas o el del pincho, tenían mucha aceptación. Ambos eran juegos de conquista: de las canicas del contrario o de su territorio. Tu bolsa con las bolas que ibas conquistando era un símbolo de virilidad. La llevabas contigo como el indígena que presumía de las cabezas reducidas de los blancos. Recuerdo el día en que se me rompió la mía en plena clase, el escándalo que se montó con todas las canicas rodando por el aula, las carcajadas que buscaban el paroxismo y mi rostro ardiendo mientras me agachaba a recogerlas una a una perseguido por la furiosa mirada de la maestra. También jugábamos al trompo. En otros sitios no dudo de que jugasen a la peonza, pero nosotros jugábamos al tropo, sin duda alguna. Era también un juego de conquista: podías quedarte con las piezas de los perdedor, sino las habías destrozados con el pico afilado del tuyo. No creo que fuese casual que todos estos juegos tuviesen un componente de dominio y conquista, aunque no está uno para análisis sociológicos. La verdad es que uno no está ya para casi nada, salvo la añoranza.

Aquellos juegos infantiles en Pontevedra (y II)
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