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Artículos sin tema

LO QUE han leído. Ni más, ni menos. Escribir sobre un tema concreto está sobrevalorado. Uno escribe para gente inteligente, capaz de sortear los renglones y saltar sobre los párrafos engullendo frases sin parar y, sobre todo, sin saber hacia dónde se dirige. Esto es una actividad de riesgo, una práctica inusual. Hasta los kamikazes sabían a lo que iban, es más, es lo único que tenían claro. Esto es, en cambio, una aventura sin brújula, un derrape continuo en una dirección desconocida. Para lo fácil sirve cualquiera. Usted se planta delante de un artículo que se titule: El paseo de los Gafos, o Los disparates de Manuela Carmena y... ¿qué mérito tiene leérselo?

Yo no lo leería jamás y usted debería imitarme. Al menos, mientras tenga a mano columnas como la presente, que más que columnas deberían llamarse obeliscos (perdonen la petulancia). Aunque apuesto que por ahí las tratan de postes, o algo peor.

Esto es un monumento al arte y al tronío, sean lo que sean estas dos cosas juntas. Un ejercicio de romanticismo, entendido este como una propuesta más emocional que racional, más torrencial que medida, más intensa que contenida. Parece sencillo pero no lo es. Tampoco es difícil, para que nos vamos a engañar. Un empate. O sea: tú te tiras en plancha, confiando en que antes de llegar al agua, si es que hay agua, las rachas de viento te enderecen y logres caer de pie (porque pedir una perfecta zambullida, con la cabeza entre los brazos y las manos por delante ya va ser mucho pedir). Una buena columna no es nada sin metáforas. Claro que hay que controlarse: se han inflado columnas a base de metáforas hasta que se les reventaban las costuras y las frases salpicaban el café con leche que se estaban tomando los sufridos lectores en su bar favorito.

Si se piensa bien, bueno, si se piensa y tira que te va, es una desventaja tener muy claro de qué quieres escribir antes de ponerte hacerlo. Por el contrario, yo escribo para enterarme de qué quiero decir. Es una forma como otra cualquiera de aclararse las ideas. Si lo tienes todo tan definido, ¿qué mérito tiene ponerte a alardear de ello? Repito, contarle tus mierdas a la gente esta sobrevalorado. Eso lo hace cualquiera. Lo alucinante es que lleve esto haciéndose tanto tiempo y la gente no se aburra. Es mucho más interesante no tener ni idea sobre de qué asunto quieres hablar y ponerte a hacerlo como si la tuvieras. Vamos a ver: usted está tumbado en la orilla del río y le dicen que se ha tirado su cuñado, que es socorrista, a nadar un rato. Usted no mueve una pestaña. Pero si le cuentan que se ha lanzado al agua, sin flotador, su suegra que no sabe nadar... a usted le va a faltar tiempo para acercarse a ver el espectáculo. Esto no es una metáfora, sino un símil.

Hay que aprender a disfrutar de las cosas sin intentar desentrañarlas. Ver una película de David Lynch hasta el final y después decirle a todo el mundo que te ha encantado, sin faltar a la verdad, aunque no te has enterado de nada. Tenemos la manía de clasificar, categorizar, racionalizarlo todo. Y conviene rescatar la sabiduría de Picasso a quien una señora le reprochó que no se entendía su pintura. El artista le preguntó si le gustaba el jamón, la señora asintió y entonces le preguntó si acaso lo entendía.

Resumiendo: no hay por qué conocer la ruta antes de emprender el camino y ni siquiera hay que saber adónde nos lleva este. Ya lo dijo Machado, nosotros a caminar y ya se irá aclarando todo.

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