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Brocas y taladros

¿CONOCEN AQUEL chiste del tipo que comenzó a ir a clases de golf y, tras algún tiempo, publicó un libro resumiendo las destrezas alcanzadas titulado El golf y la madre que lo parió? Pues esto va en esa línea pero el asunto es el bricolaje.

Cuando eres un crío escuchas, siempre referido a otros, que tal o cuál compañero/a es especialmente habilidoso/a trabajando con las manos: es capaz de pegar los palillos en el papel sin que le salga medio tubo de pegamento por fuera y además consigue pintarlos sin abandonar su limitada superficie. Modela figuras de plastilina perfectamente reconocibles en lugar de masas amorfas de difícil catalogación, etc, etc. Sientes una punzada de algo que más tarde sabrás que se llama envidia.

Y la vida continúa mientras aprendes la lección de que no todo el mundo vale para todo. Una de las expresiones que resumen el tipo de esas habilidades que se te resisten aparece entonces: "es un manitas".

Cosas tan sencillas como pegar cromos en un álbum, grapar las hojas de un trabajo, atarse unos cordones, trazar una circunferencia usando un compás... se convierten en tareas cuyo único fin pareciera ser recordar a su ejecutor que no solo no está especialmente dotado para las mismas sino que más le valdría no tentar a la suerte intentando alcanzar empresas más ambiciosas que hacer un lazo con los cordones de los zapatos.

Sin embargo, nadie va por la vida excusándose de las miles de tareas que le vienen a la mano: nadie anda por ahí enseñando sus notas de Plástica desde Infantil a COU. Lo que se hace es disimular y escaquearse, algo en lo que, como sociedad, poseemos una pericia legendaria.

Lo más importante, además de salir del vehículo, es inspeccionar el alcance de la avería poniendo cara de Kasparov ante una jugada decisiva, mientras intentas recordar dónde rayos está el gato

Los años pasan, las chapuzas se acumulan, e incluso algunos menesteres se logran solventar ya con cierta destreza. Y entonces llega el día en que hay que cambiar una rueda del coche. Suele coincidir con el día en que se te pincha una rueda del coche. Lo más importante, además de salir del vehículo, es inspeccionar el alcance de la avería poniendo cara de Kasparov ante una jugada decisiva, mientras intentas recordar dónde rayos está el gato. Te agachas ante la rueda como si fueses a probar la hipnosis como método alternativo y luego ya todo va a ser una sucesión de bufidos, exabruptos, tornillos que se resisten, más bufidos y, tras casi una hora de esfuerzo, una camisa llena de lamparones, manos y rostro de deshollinador, reanudas la marcha con la mosca detrás de la oreja. Atento al instante en que la rueda cambiada decida independizarse del resto de la maquinaria. Pero la auténtica hora de la verdad todavía no ha llegado. El momento inevitable, la prueba de fuego que todos los torpes han de atravesar con el único fin de verificar su condición de una vez por todas.

El momento decisivo de la broca y el taladro. Ese cuadro, esa fotografía. No te va librar ni la caridad. Desempaquetas el taladro como si fuese un winchester y contemplas las brocas como si estuvieses a kilómetros de distancia de ellas. Es imposible que esté sucediendo. Haces una cruz en la pared y otra en tu frente y perforas. Colocas el taco y la alcayata. Cuelgas el lienzo, que no logra tapar el desconchado de la pared. Suspiros de España.

Lo peor de ser torpe es que es algo que no se cura. No hay lecciones, entrenamientos, medicinas, brebajes, sortilegios, que puedan reconducir una condición tan recalcitrante. Es una maldición que se arrastra durante toda la vida, apenas salpicada por breves e inexplicables episodios de lucidez que te permitan enhebrar una aguja, freír un huevo, anudarte una corbata o liar un cigarrillo.

Está por demostrar, pero no tendría nada de extraño que todos los avances tecnológicos fuesen propiciados por los esfuerzos y sacrificios de los individuos más torpes que han ido pisando el planeta, conjurados para borrar de la faz de la tierra cuantas más tareas manuales mejor.

Brocas y taladros
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