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Camándulas

CAMÁNDULA. LA primera vez que oí esta palabra estaba más vivo que ahora, o por lo menos era más joven, ya no lo recuerdo. Se la escuché a un amigo de Carballedo y después la oí en un colegio, que es donde más se oyen esas cosas. En realidad, en un colegio se oye casi de todo. Es un lugar en el que brotan perlas de cada rincón, el lugar por antonomasia de los castigados. Los castigados son una raza insobornable que renueva curso a curso sus representantes con inagotable entusiamo. Claro que ahora ya no se castiga a nadie, a menos que seas huérfano.

Lo cierto es que camándula es una palabra que me puso en trance. Me comporté como si conociese su exacto significado ya es lo que se suele hacerse en los casos de ignorancia. Tras una consulta al gurú de guardia (google) la Real Academia incrementó el poder seductor del vocablo: "Persona poco fiable". Puse los ojos en blanco y repetí aquellas maravillosas sílabas: ca-mán-du-la. ¡Y pensar que el mundo está lleno de ellos, que yo soy uno de ellos! (no me fío de mi mismo, ni un pelo). Hay días, semanas enteras, en que nuestra vida es un puro camanduleo y nosotros sin enterarnos.

Pero comencé a notar que la sabiduría popular había desplazado esta definición por una menos genérica y sin duda más efectiva. Pude advertir que se estaba aplicando el calificativo de camándula a un tipo de comportamiento que abarcaba el rango que va desde el perezoso hasta el rufián. Son trazos incompatibles, claro, porque un tipo perezoso sólo puede contemplar un futuro de rufián desde la distancia, y seguramente tumbado. Lejos de intentar retomar el significado primigenio de la expresión, comencé a aplicarla a todo tipo de conductas irregulares, entendiendo por irregulares aquellas que me ocasionaban algún tipo de incordio. Magnánimo, repartí mentalmente títulos de camándula a diestra y a siniestra, poniéndome yo mismo a la cabeza de aquel ejército. Nunca había contemplado con tanta simpatía a la humanidad (de la que en ocasiones formo parte).

Pasado un tiempo, mi vida como camándula en un entorno de camándulas perdió sus encantos primerizos y, aunque la fascinación por la palabra se mantenía tan viva como el primer día, comencé a desligarme de su compañía y sólo de tarde en tarde hallaba algún placer en adjudicarla a una conducta que lo estaba pidiendo a gritos. Aunque fuese una etiqueta mental, una especie de nombramiento 'in mente' para dejar las cosas en su sitio.

Hoy en día me vienen a la cabeza muchos adjetivos cuando contemplo a mis semejantes, la mayoría calificativos aunque reconozco que muchos de ellos son descalificantes. Me pasa lo mismo, sólo que el número de descalificaciones aumenta en tromba cuando me miro al espejo. Hay gente que se contempla en el espejo, yo bastante tengo con mirarme.

Incluso alguno de esos días me sorprendo admirando a algún especimen humano en la televisión, mientras son narradas sus inmundicias. Hay programas entregados en cuerpo y alma a tales menesteres, ustedes ya saben. Entonces el viejo y maravilloso término se abre camino, rumboso, en mi cabeza. Una expresión se ilumina como un letrero de neón: outro camándula!.

Camándulas
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