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Cambio de año

UNA VEZ MÁS hemos pasado página a otro año. Es algo que hacemos a medio camino entre la rutina y la expectación. Por una lado sabemos que no va a ocurrir nada distinto, que nos levantaremos el día primero del año siguiente igual que nos acostamos el último del anterior (con permiso de los politoxicómanos), pero nos gusta pensar que las cosas pueden cambiar sólo por hacerlo un dígito.

En realidad lo que quisiéramos es cambiar solo aquellas cosas que no nos gustan. De nosotros mismos o de nuestra vida. Mejor aún, lo que quisiéramos es que esas cosas cambiasen solas, sin intervención alguna por nuestra parte, como movidas por un resorte que el cambio de año consigue activar. Es una idea tan estúpida como maravillosa y es lo que subyace realmente tras la lista de los “buenos propósitos” para el nuevo año que solemos confeccionar, mentalmente o por escrito. Durante unos días vivimos con cierta expectativa de que nuestra vida haya sido transformada de alguna manera, como por ensalmo. Incluso ponemos un poco de nuestra parte, si es necesario, para que tal transformación sea efectiva. Por ejemplo: si lo que deseamos es adelgazar, empezamos a dejar de pedir cerveza y pedimos refrescos light. Esto suele durar un fin de semana, no más. O si lo que deseamos es llevar una vida más sana, salimos a correr un sábado por la mañana para regresar exhaustos y jurando que nunca máis. No es que nos guste ilusionarnos: es que no somos capaces de vivir sin hacerlo.

Pronto regresamos al redil de nuestras viejas costumbres, que nos acogen con los brazos abiertos y nos hacen sentir de nuevo como en casa. Un poco culpables, pero como en casa.

Una vieja y afortunada sentencia dice que es preciso que algo cambie para que todo siga igual. Fieles a eso, y puesto que de lo que se trata es sentirnos cómodos dentro de nosotros mismos, conseguimos introducir alguna variante en nuestras rutinas. Empezamos a usar las escaleras o a pagar las deudas o a leer un libro. Detrás de estas iniciativas creemos que se encuentra agazapada la experiencia que el homo sapiens ha dado en llamar “ser más feliz”. No pregunten cuál es la relación entre unas cosas y la otra, pero lo cierto es que existe dentro de nuestra cabeza, en alguna isla caribeña del mundo neuronal.

En cierta ocasión leí en una de esas listas de buenos propósitos el siguiente: “atreverme a fracasar” o “tener el valor de fracasar”, no lo recuerdo bien. Tardé en comprenderlo. Me considero especialista en el tema y, créanme, fracasar es algo que ocurre sin necesidad de mostrarse valiente o atrevido: simplemente sucede. Vale, está claro que el redactor del enunciado hablaba de superar el miedo a abordar empresas que tal vez fracasen. “Este nuevo año me voy a meter en cuanto fregado me llame la atención aunque el sentido común y la lógica me indiquen lo contrario”. No sé, uno ya está acostumbrado a las bofetadas de la realidad, como para andar buscándolas.

Ahora que ya tenemos los pies en 2016, se confirman nuestros temores: todo parece seguir igual. Bueno, solo tenemos que acordarnos de que es exactamente el guión del año pasado, y del anterior.

Y no desesperarnos. Dicen que el tiempo hace con los hombres como con los vinos: agria los malos y mejora los buenos. ¡Salud!.

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