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Caminante, sí que hay camino

LA CANÍCULA hace estragos. Hay que combatirla con cervecitas y helados, que también hacen estragos. Es la pesadilla que se muerde la cola. O la pescadilla de una noche de verano. Tan grandes son los estragos que si un día de estos pasase por su lado, amigo lector, rodando calle abajo, incapaz de detenerme a saludarlo, no me lo tenga en cuenta.

Para combatir todas estas adversidades, las provocadas por el mucho sol, las cervezas, los helados, existen diversos métodos de probada eficacia. Voy a hablarles a continuación de uno de los más baratos de todos: tirarse al monte, como la cabra. Es decir, dedicarse a dar largas caminatas por lugares donde es improbable que tu panza despierte envidias. Eso me he propuesto hacer, pertrechado de los elementos imprescindibles: ropa deportiva, calzado deportivo, actitud deportiva, música y gafas de sol. Analicémoslos todos, comenzando por esto último. Las gafas de sol, imprescindibles para evitar las molestias del sol. Tienen un nombre incuestionable. Pero yo las uso también cuando atravieso zonas en sombra. Me da pereza quitarlas y, cuando cruzo un espacio arbolado, aunque sea de un kilómetro, paso por allí igual que Stevie Wonder.

La música la encuentro insustituible para mantener el ritmo, por muchas dudas que suscite el uso de esta palabra a los posible espectadores de mis evoluciones. Se aconseja programar música que se odie para ir más rápido, como queriendo huir. Esto resulta de gran eficacia en el tramo final, cuando las fuerzas flaquean. Para el comienzo lo idóneo es la música lenta, que frene el ímpetu inicial y evite el derroche de energía. No es fácil alcanzar este grado de conocimiento sobre estos temas, modestia aparte.

Si tuviese que explicar qué es la actitud deportiva me vería en un aprieto. No me refiero a lo que pueden explicar sobre ello los exégetas del fair play o los guardiolistas irredentos, ni siquiera la muchedumbre que babeaba en las Olimpiadas de Syney 2000 con las imágenes del nadador guineano que tardó lo que parecía media hora en recorrer un largo de piscina. Estoy hablando del deporte en estado puro, o impuro; eso que mueve a tipos rechonchos a enfundarse una ropa ridícula y salir a asustar a la gente por las calles adelante.

En cuanto al calzado deportivo, mejor que sea de su talla y, si puede ser, que transpire. Que transpire mucho.

Podría escribir un ensayo sobre la indumentaria deportiva. Podría escribir un ensayo, sobre la indumentaria, en general. ¿Por qué?. Porque no tengo ni la más remota idea sobre la moda y menos ganas aún de adquirirla. Vivo adscrito al nihilismo estilístico puro y duro y les aconsejo que lo prueben.

Tal vez resulte extraño que se aconseje desde estas líneas el ejercicio físico para combatir los rigores del estío. Pónganse a seguir mi consejo y ya verán qué poco tardan en dejar a un lado las quejas por el calor. Con esta suerte de tratamiento inspirado en los principios de la homeopatía, las incomodidades derivadas de las altas temperaturas quedan empequeñecidas ante la desdicha del agotamiento. Al mismo tiempo, detenerse ante una fuente que tal vez mane agua potable, o no, produce una sensación tipo ruleta rusa a la hora de la ingestión del líquido, con aumento de adrenalina y estimulación de la psique, especialmente entre hipocondríacos. Además, en el transcurso del ejercicio físico bajo los rigores del calor, no hay nada parecido a detenerse un rato a descansar. Las endorfinas alcanzan un pico de subida que le reconcilia a uno de golpe con la humanidad entera.

En fin, hasta aquí los consejos si se fríen de calor. Lo que sobra, para andar, es camino.

Caminante, sí que hay camino
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