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Caminar con chulería

HAY GENTE que camina con chulería. Es sencillo saber quiénes son, en esta ciudad o en otra cualquiera: son los chulos. No se deben confundir con los que han hecho la mili. La mayoría de quienes hicieron la mili también caminan con chulería, pero solo es una forma de andar que adoptaron para compensar Dios sabe qué clase de humillaciones.

Las mujeres no suelen caminar con chulería. En ellas la chulería es otra cosa, mucho más atrayente y peligrosa (hablo desde mi óptica, que es la que conozco). Las mujeres de rompe y rasga se comen crudos a los hombres más chulos que uno pueda echarse a la cara. Se los meriendan con un pestañeo. Voy a dejar el tema, no vaya a devorarme a mi el machista que todos los hombres llevamos dentro.

Después tenemos el patético andar de aquellos que no son chulos pero quieren aparentarlo. Pasan con el cuerpo más tieso que si llevasen 36 horas seguidas haciendo pilates y alzan la barbilla, altaneros, dos puntos más allá de lo que haría un chulo auténtico. Toda esa parafernalia física, sin embargo, no está sustentada por una psique que se le compadezca por lo que se viene abajo al mínimo contratiempo. Por ejemplo, al pasar cerca de una mujer de las que hablábamos arriba. El chulo impostado acusa flojera en las piernas, desvía la vista, baja ostensiblemente el mentón, comienza a transpirar... en fin, se le cae el chiringuito estrepitosamente.

Después está la mayoría de la población, que camina como buenamente puede. Llegados aquí, les hablaré en primera persona, que no digan que estoy señalando a nadie.

Uno siempre ha sido un crack en la modalidad del caminar simiesco. Devota y secretamente chepudo, la cerviz le gana terreno a la testa, que se vence para que la espalda acuse enseguida el desmoronamiento y se curve en el tramo más cercano al cuello. ¿Saben esos adolescentes desgarbados cuyos andares recuerdan a los atribuidos al astrolopitecus? Fui uno de ellos. Yo también llevo dentro un astrolopitecus muerto. O medio muerto. De hecho, algún día hallaremos documentos que demuestren que el servicio militar fue concebido para enderezar a la juventud, en el sentido más literal del verbo.

Establecido que el caminar del adulto, su cadencia, velocidad y prestancia, se originan en la primavera de la vida, conviene indicar las múltiple modificaciones que se advierten durante la senectud. La senectud es cuando se hace uno viejo. Entonces uno ya no camina como lo hacía cuando era más joven, sino como puede. Dependiendo de las lesiones en la espalda, la artrosis, los callos en los pies, la artritis, los problemas en una o ambas rodilla, en la cadera, las lesiones cerebrales, los juantetes, el parkinson, la diabetes, etc, etc, uno puede caminar o arrastrarse. Tal vez suene cruel y descarnardo, pero es que es cruel y descarnado. La vejez es una etapa donde más vale que triunfe el espíritu (y que este sea animoso, tenaz) porque lo que es la carne...

Por último conviene dejar constancia de una tipología antitética con todo lo arriba reseñado. Se trata del ser humano languideciente. El hombre o la mujer que, desde tierna edad, muestra movimientos etéreos, como si en lugar de miembros lo impulsasen plumas. Pasos vaporosos, gestos melancólicos, lentitud de gasterópodo, agresividad bovina, etc. Estos especímenes gastan poco el suelo a lo largo de su vida, parecen levitar y suelen llegan tarde a los sitios. Eso sí, jamás observaremos en ellos ni un ligero rasgo chulesco en el andar (ni en ningún otro aspecto). La chulería consume mucha energía. Quédense con esto último.

manuel pérez lourido

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