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Casarse con uno mismo

"LA ARTISTA estadounidense Gabrielle St. Evensen casa a gente consigo misma". Leo y a duras penas doy crédito, como Bankia. ¿Quién te manda andar por ahí leyendo? Lo primero ya tal.

La fotografía que ilustra la noticia muestra a la tal Gabrielle vestida con un largo traje de sisas color púrpura rematado en una capucha que enmarca un rostro flanqueado por una larga melena de color castaño oscuro, que dicen que es el color de las cosas cuando se ponen intragables. Sonríe a la cámara con ambos brazos abiertos, las palmas hacia arriba, como si estuviese encantada de conocerse, tanto que no le ha quedado más remedio que perdirse en matrimonio.

Casarse consigo mismo es el colmo de apostar por lo seguro. Es una cutrez como la copa de un pino, pero todo está en vestirlo de modernidad

Gabriel en realidad se apellida Penabaz. Si te apellidas Penabaz y te pones a montar perfomances en las que oficias ceremonias de boda con una sola persona que se casa consigo misma, vas de lado. Por eso lo de St. Evensen, que disimula más.

Casarse consigo mismo es el colmo de apostar por lo seguro. Es una cutrez como la copa de un pino, pero todo está en vestirlo de modernidad. Una boutade rebosante de egotismo y autoafirmación, digna de los tiempos del Satisfyer y del reggaeton (esto último es difícil de justificar, salvo para los que odiamos el reguetón).

Gabrielle se va al desierto de Nevada y se pone a casar a seres bípedos de uno en uno, en el festival Burning Man. O a Nueva York, a hacer lo mismo en el festival Figment. O a Londres, repitiendo la jugada en el festival Spill/Visions of excess (este nombre es que lo clava). Y, de postre, se dirige al hotel Cosmopolitan de Las Vegas (ciudad en que te casan hasta en las alcantarillas) donde llega a oficiar entre 15 y 20 ceremonias diarias. Lo de oficiar y ceremonias entre comillas, como han visto.

En los últimos tiempos, y esto se puede entender literalmente o como sinónimo del apocalipsis, se ha extendido por todo el mundo la sologamia. No tiene ninguna validez legal ni religiosa pero la gente se ha puesto a celebrar bodas consigo misma. El primer enlace del que hay noticias data de 1993 y la pionera fue una tal Linda Baker quien por su cuadragésimo aniversario se unió en matrimonio con ella misma en presencia de 75 familiares y amigos y 7 damas de honor.

Gabrielle St. Evensen, Penabaz para los amigos, se casó hace 20 años. Sostiene que es un acto que no tiene que ver con el narcisismo (igual que no tiene que ver con el matrimonio, pensamos los mal pensados) sino con el respeto a uno mismo. Respetarse a si mismo no tenía que ver con esto, al menos cuando el posmodernismo no había diluido las fronteras de los conceptos y retorcido las definiciones hasta hacerlas converger con el escepticismo. Pero si Gabrielle lo dice... igual que dice que la ceremonia ha de comenzar con una limpieza que denomina exorcismo en la que ayuda a los participantes a quedar libres del dolor ligado a su pasado. Han de concentrarse en todo lo que les haya sucedido hasta entonces que les hubiese causado daño, para hacer que mediante un ejercicio de visualización todos esos recuerdos ardan y queden destruidos (seguramente tras escribirlos en un papel y destruir este con fuego). Después deben pronunciar sus votos mirándose al espejo: "Me perdono", "No me hablaré mal", etcétera. No me digan que no parece un refrito de libros de autoyuda pasados por la thermomix de la new age.

En la foto que comentábamos antes, en la que Gabrielle parece la Sigrid del Capitán Trueno pero más bajita, menos rubia y con capucha, se ve a gente vestida de boda. Un hombre afroamericano (o negro) con un tremendo clavel sujeto al pecho (no a la solapa de la chaqueta, no) con un mecanismo indetectable (tal vez cinta de doble cara) y tres mujeres más, una de las cuales sostiene en una mano un ramo de rosas aún con el plástico de la floristería y en la otra una bandeja. Detrás de Gabrielle, una especie de atril bajo acoge una serie de objetos de difícil identificación, salvo una campanilla de metal, de las de uso doméstico para convocar a la familia a comer.

Se pueden hacer muchas cosas raras en la vida, a fin de cuentas, ¿para qué la queremos si solo hacemos cosas normales? y la mayoría de ellas ni siquiera tienen que tener una explicación. Eso es lo único que le criticaría a Gabrielle: que se monte películas para dotar de contenido a la sologamia. ¡Con lo bonito que es hacerl las cosas que te apetece hacer y punto pelota!

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