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Cómo hemos engordado

HACE CIENTOS de miles de años, el grupo pop Presuntos Implicados triunfaba con una canción sobre las viejas amistades. La dulce voz de Sole Giménez cantaba Cómo hemos cambiado y los españoles le otorgamos nuestro favor en las listas de favores otorgados a temas musicales. Pero todos entendíamos el verdadero significado del título. No era otro que Cómo hemos engordado. En efecto, de eso va el inexorable paso del tiempo. Se pueden escribir refranes, versos excepcionales, novelas impactantes, óperas magníficas, etc, sobre el particular pero en resumidas cuentas, todo acaba en una lamentable incapacidad para detener la hegemonía de las grasas sobre el puerco humano. Con perdón.

Estos días que tanto se prestan a la visita y disfrute de los magní- ficos arenales que Dios tuvo a bien situar en las inmediaciones de nuestra multipremiada ciudad, uno puede constatar en vivo y en directo el peso de la argumentación anterior. Lo de el peso no está puesto al azar.

Un ser humano frecuenta las playas por diversos tipos de razones que van cambiando a lo largo de su recorrido vital. Primero, porque no le queda más remedio: sus mayores lo eligen como lugar de refrigerio donde soltarlo a aprender en qué consiste la lucha con los elementos (el sol, el viento, el mar, la arena, el prójimo). Después acude por ligoteo (ligar sudando la gota gorda). En la siguiente fase se regresa a la primera, pero del otro lado: ahora es uno quien pone en libertad condicional a sus polluelos. Posteriormente, uno pasa a exhibir impúdicamente los destrozos de la edad en su anatomía. Y así ya hasta el final.

Ojo, no nos equivoquemos, que no vengan los listos de turno a objetar que "también hay gente mayor que se conserva bien" (como si fuesen atún, fabada o tomate frito). La existencia de cuatro ejemplares de fósiles inadaptados que exhiben lozanía y levedad del ser aún a altas horas de su biografía no evidencia sino la resilencia del ser humano y la presencia de alteraciones en la especie, todo en un mismo pack. Seres que van por ahí inflando el pecho o los pechos, con la barbilla alzada y una sonrisa a medio camino entre la chulería y la burla. Salen flechados a saludarte aunque tengan que sortear a otros quince paseantes, un balón disparado sin puntería, tres castillos de arena y una competición de palas. "Hombre, Lourido" y ponen los brazos en jarras como gilipollas para marcar músculo y distancias mientras tu rezas mentalmente a Nuestra Señora de la Cerveza, patrona de tu infortunio. "No hablo con mutaciones" te entran ganas de soltar.

Por todo eso buscas y te juntas con gente de orden, fondona y de tu quinta, a la que contemplas aliviado en uno de los momentos de mayor empatía que la humanidad ha conseguido experimentar jamás.

Lo que ocurre es que el entramado socio-cultural que hemos ayudado a crear entre todos, por acción o por omisión, asienta sus posaderas en la inmadurez como santo y seña, bandera y pendón, estrategia y meta. La importancia que ha adquirido el aspecto físico personal desde el advenimiento del sistema capitalista ha sido tan desmesurada que el disparate y la locura se ha instalado en los salones de belleza, clínicas de belleza, garitos de cirugía estética, antros dispensadores de tratamientos faciales, etc, etc. Hay gente que paga un ojo de la cara por blanquearse el tercer ojo. Me niego a explorar la comicidad del asunto.

La única solución es aceptar que el homo sapiens ahora ingiere más calorías de las que necesita y a ciertas edades eso acaba ocupando un lugar en el espacio. Y eso salta a la vista, pero está mal visto. ¿Cuánto tiempo hace que no oyen ustedes la expresión: "la curva de la felicidad"?.

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