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Cosas de las canciones

LAS CANCIONES aliviaron nuestros primeros años en esta vida. Eran nanas que nos calmaban, que ofrecían un alivio de lo más económico. Estas propiedades balsámicas de la música ya se recogen en la Biblia, donde se relata como el rey Saúl requería los acordes de arpa de David para aliviar su depresión. Todos hemos tenido alguna experiencia relacionada con alguna canción en particular. Es raro no haber vivido algún momento en que cierta música afectó a nuestra vida de un modo u otro. Si no ha sido así en su caso, lector, aún está a tiempo. Cómprese un disco de Sepultura (trash metal brasileño), otro de Celine Dion (pop comercial baladístico) y un tercero de David Bisbal (indescriptible). Si ninguna de estas tres experiencias sonoras produce efecto alguno en su interior, aségurese de que está usted vivo. La gama de reacciones es amplia. Recuerdo que cuando oí la rima "Ave María, cuándo serás mía", quise comprar un arma y entrar en la sede de la SGAE para llevar a cabo una masacre. Pero, como soy pacifista, me conformé con apagar la radio y soltar una retahíla de improperios contra la industria musical. Luego afiné la diana de mis exhabruptos y los dirigí hacia los letristas, productores, arreglistas y editores de bodrios semejantes. Finalmente me freí un chuletón, lo engullí empujándolo con un vaso de mencía y por fin me calmé.

Calmados no estaban los tiempos cuando la juventud norteamericana abrazaba el pacifismo y rechaba conflictos como Vietnam y la música sirvió para canalizar la indignación. La cultura hippie celebró su año santo en Bethel (New York) en 1969. Iba a ser en Woodstock y así pasó a la historia.

Chorreando barro y lluvia, ciegos de droga y sexo, sólo el rock and roll permitía a aquellos efímeros soñadores sobrellevar tal maratón de excesos

Chorreando barro y lluvia, ciegos de droga y sexo, sólo el rock and roll permitía a aquellos efímeros soñadores sobrellevar tal maratón de excesos. Sin los guitarrazos de Hendrix, la energía de los Who y la psicodelia de Jefferson Starship y otros, a lo de ser hippie se iba a apuntar tu tía, por mucho que Scott McKenzie lo pintase como un paseo hasta San Francisco llevando flores en el pelo.

Las canciones suelen provocar los efectos que cabe deducir de su complejidad lírica y melódica.

Uno no sabría como calificar que el título escogido para que el volantarioso Mickey defendiese a España en Eurovisión 1977 fuese Enséñame a cantar. O que Los del Río (un nombre que debería remitir a un destino) conquistasen el mercado mundial con un producto de leprosería intelectual como Macarena.

Una canción no deja de ser un caramelo envenenado: te lo tragas a base de ritmo y melodía, aunque lo que cantas te revuelva las tripas. Al día siguiente te levantas con dolor de cabeza y el estómago hecho un circo y piensas: ¿qué estaría yo cantando anoche?

 Las letras de los temas que Georgie Dann convertía cada verano en la canción del idem eran propias de un demente o de un lobotomizado, pero los pies se te iban solos. Y, ya por último, pues es un ejemplo imposible de superar, qué decir de María Jesús a golpe de acordeón con coreografía sonrojante. Conviene recordar de donde venimos para no escandalizarnos tanto al atisbar adónde vamos. Iba a decir algo, una vez más, sobre Enrique Iglesias pero sería ensañamiento.

Mejor volvamos a las propiedades revitalizantes de la música, las que hicieron que en 1983 la olvidada banda neoyorquina Indeep triunfase con el single Last night a dj saved my life (Anoche un pinchadiscos salvó mi vida). Un año antes Nacha Pop ya recomendaba en Juego sucio: "Búscate un sitio, donde un disco suene fuerte y no puedas hablar". Es lo que servidor va a hacer ahora mismo.

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