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Destripamiento de las cosas

HAY QUE ARRANCAR con chispa. El comienzo es fundamental. Eso dicen los expertos en comunicación. Es al comienzo cuando hay que conseguir atrapar la atención, enganchar al prójimo como con anzuelo y no soltarlo hasta el final. Hay también quien llega al último tramo y aún esté buscando la miñoca.

Cuando tienes una idea todo resulta más sencillo. Y ya no digamos si es una buena idea. Pero lo principal es traerte algo entre manos, eso que en otros contextos puede llegar a resultar como mínimo sospechoso. Si te aferras a esa idea y no la sueltas hasta terminar, al menos evitarás ser acusado de inconsecuente. Apunta siempre al mismo clavo y algún golpe irá a parar a su destino. Puede que lo estropees al final (algunos lo hacemos en cualquier parte) y que luego el clavo presente una apariencia retorcida, pero ahí quedó fijada la cosa.

Ah, que no lo había dicho: estoy hablando todo este tiempo de escribir un artículo. Espero que no se hayan pensado cualquier otra tontería. Perdón. No he dicho esto. Aunque a fuerza de ser sinceros y juzgando en carne propia, escribir un artículo no solo no es una tontería, sino que a menudo son dos o tres juntas.

Tras un comienzo brillante que sirva de introducción y a la vez atrape a los lectores, hay que desarrollar el cuerpo central del mensaje. Bueno, tal vez «mensaje» sea un término grandielocuente. Olvídense de las connotaciones trancendentes que pueda tener. Olvídense de las connotaciones que lleven a ver al articulista como alguien con un «mensaje». De hecho, olvídense de la palabra «mensaje» y piensen en «texto». Aunque... sigue resultando algo pedante. Uno es de los que no escriben «textos» sino «cosas». Dejémoslo así: lo siguiente ha de ser desarrolar el cuerpo central de la cosa. Suena raro: «el cuerpo central de la cosa». A ver, pongamos que se trata de abordar el meollo del asunto. No se me ocurre nada más claro y aséptico que «el meollo del asunto». Fíjense las penalidades que se pasan para explicarse medio mal.

Esta parte central, a su vez, puede subdividirse en varios apartados, aunque esto es algo solo al alcance de mentes capacitadas, por lo que yo no puedo informarles sobre el particular. Servidor, una vez alcanzado el meollo, se desparrama por él en todas direcciones, amputando frases para que no queden muy largas y salpicando adjetivos para que no queden muy sosas. Hay gente que adereza la cosa con citas, que es como ponerle un poco de sal y pimienta, pero yo lo último que necesito es exhibir frases mucho más inteligentes que las mías, por muy fácil que resulte. Porque es muy fácil encontrar frases más inteligentes que las mías, o sea. Todo esto que acaban de leer se llama «digresión». Técnica también conocida como «marear la perdiz», por eso hay lectores que terminan mareados. Hay gente que llega a potar al acabar de leer un artículo. No porque el artículo sea potable, sino todo lo contrario.

Una vez que el nudo del artículo ha quedado tan apretado que ni la espada de Alejandro Magno podría desatarlo, atrapado en una maraña de argumentos, ejemplos, obviedades, invenciones, exageraciones, juegos de palabras, disparates y alguna chanza, conviene encaminarse hacia el punto final.

Lo canónico es terminar con un breve resumen de lo expuesto y con una frase ingeniosa que deje buen sabor de boca y haga exclamar al lector «qué fenómeno Fulano», donde «Fulano» es un servidor (para esto se escriben los artículos). Pero los cánones están para romperlos, más que nada porque, fiel al rumbo trazado, uno acostumbra a terminar como buenamente puede. Y gracias.

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