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Dime qué comes

UN DÍA de estos habría que escribir sobre la gastronomía moderna. Es imprescindible no tener más que una ligera idea sobre el particular, haberse quedado anclado en la tortilla de patatas y desconocer el significado de vocablos como: panela, espelta, quinoa, cúrcuma, chía, etc.

Un día de estos habría que ponerse en pie para dejar bien sentado que el churrasco, la empanada, el pulpo á feira... son obras cimeras de la creatividad humana, inamovibles gestas culinarias, bazas para seguir creyendo en el futuro de nuestra especie.

Bien, tal vez ese día haya llegado ya y si no seguimos esta columna hasta el final jamás lo averiguaremos.

Vayan por delante un par de consideraciones: nada que objetar a que existan chefs de moda ni a que prolifere la moda de los chefs. Está muy bien que un cocinero se convierta en estrella mediática. Es maravilloso que gane dinero a espuertas, que eran un especie de cestas grandes para recoger el escombro. Lo que ya es más discutible es que haya que hacerle caso a todas las chorradas que se les ocurren. Ejemplo: manchar un plato con una salsa de colorines sospechosamente saturados y dejar caer un producto microscópico que prentenden hacer pasar por alimento. Eso que se dio en llamar "la nueva cocina", que como era una trapallada de nombre tuvieron que publicitarlo en otro idioma: nouvelle cuisine. Otra trapallada pero con acento francés. Aunque para que triunfase el invento no bastaba con poner encima de la mesa esa nueva cocina, sino sentar a ella a los nuevos parvos. Ignoro la traducción al francés. Y sí, el invento funcionó porque siempre hay modernos muy modernos y gente que quiere adelgazar a toda costa, aunque para ello tenga que gastarse un dineral. Para tal fin la nouvelle cuisine fue un hallazgo: te pegaban un sablazo por estar a la moda y no comías una mierda. Dispensando.

Ultimamente lo chic es la comida ecológica. Nada hay más ecológico que un chuletón de ternera gallega, creía uno en su ignorancia, pero no se trata de eso. Hablamos de productos sin aditivos ni colorantes, de todo lo integral, de lo sin azúcar, de lo sin lactosa, de lo sin gluten. La leche ya no es leche, sino bebida de cuanto cereal se le pueda a uno venir a la mente. Y teniendo en cuenta cómo están las cabezas, es como para echarse a temblar. Nos hemos vuelto tan tiquismiquis a la hora de consumir que para hacer la compra hay que tener un par de carreras. Confieso no saber qué rayos es la espelta, por ejemplo. Sobre el tofu, que lleva siglos en el mercado, me encargué con total eficacia de ignorarlo todo. Me suena a comida de frikis. Se abren panaderías que despachan pan con unas denominaciones que parecen un trabalenguas. He visto en casa un pan "de masa madre". "De puta madre", he pensado, y me largué corriendo antes de que me diesen explicaciones sobre el particular. Tenía la miga de color amarillo, ahí lo dejo.

No se puede comer tranquilo cuando la elección de los alimentos te hace sentir como un ignorante. Como si a todo el mundo lo hubiesen abducido los marcianos para informarles en una sala de la nave nodriza mientras tú estaba fuera, sacando la basura. Hoy en día comerse un bocadillo de chorizo es un acto subversivo. Si es de panceta igual te llevan a la cárcel. Uno ya tenía cierto complejo en las raras ocasiones en que era arrastrado a un restaurante caro y se veía obligado a descifrar la carta: ¿de verdad que no se han inventado lo de a la menier? Ahora hemos entrado en un paradigma de surrealismo y psicodelia que se refleja hasta en los estantes del supermercado del barrio.

Tanta tontería se cura acudiendo a los furanchos, que por cierto, están en temporada.

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