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Disfraces

¿POR QUÉ nos disfrazamos? Es más: ¿por qué no nos disfrazamos?, ¿por qué es agravante delinquir bajo disfraz?, ¿acaso no nos disfrazamos todos los días?, ¿o nos mostramos tal cual somos?, ¿se puede hacer un artículo exclusivamente con preguntas?...

Los anglos dicen the devil in disguise (el diablo con disfraz), para referirse a algo o alguien bondadoso en apariencia pero que luego se revela como todo lo contrario. Y es que la palabra disfraz nació con ese tipo de connotación: camuflar, enmascarar, ocultar, encubrir... juntando el prefijo des (deshacer) y el lexema frezar (huella o rastro dejado por un animal). Si ahora digo que lo de borrar el rastro de un animal me recuerda ciertos titulares relacionados con la práctica política nacional, no me tachen de loco. La política es el mundo del disfraz por antonomasia. Y por autonomías.

Personalmente, no recuerdo la primera vez que me disfracé, o que me disfrazaron. Solo el día de la primera comunión, que me tomé un chocolate con churros vestido de marinero. Fue un día entrañable porque era protagonista, en compañía de otros. Cuando me casé también fui disfrazado, claro. Pajarita llevé. Hubiera ido con pasamontañas, de haberlo requerido la autoridad competente.

Lo que sé es que siempre me ha dado muy mal rollo ir en Carnaval con el rostro cubierto. Hay gente que se lo pasa pipa metiéndose con el prójimo sin que lo reconozcan, pero a mi el anonimato me desanima.

Yo creo que nos encanta librarnos de nosotros mismos. Por eso lo del disfraz es una diversión tan extendida. No tanto ser otros u otras, sino no ser nosotros o nosotras. La corrección política es un disparate. A partir de ahora usaré el femenino, ¡ea! Tener la oportunidad de aparcar por unas horas las pesada carga de nuestra mismidad es todo un alivio. Y si podemos estar con otras como nosotras, mejor. Nos encanta disfrazarnos en grupo. O sea, pintar la mona en grupo. Hasta le dedicamos casi una semana entera al año al asunto este de despojarnos de nuestro ser para adoptar otro. Los historiadores y antropólogos, los eruditos y antropófagos le soltarán el rollo de la Pascua y la Cuaresma, pero lo cierto es que mola la fiesta y mola disfrazarse y disculpa se coge la primera que aparezca.

Uno de los disfraces más socorridos es el de supehéroe. Hasta ahora, puesto que de ahora en adelante harán el ridículo ante el disfraz de Urdangarin. Eso sí que son superpoderes. Dicen que las caretas de Trump se venden como rosquillas. Trump es la antítesis de Rajoy: uno no hace nada para no cagarla (aún más) y el otro no para de hacer (y de cagarla). Los dos son caraduras a su manera. Uno justifica lo injustificable y el otro también. Uno vela por su país y el otro por su partido. Ninguno parece muy listo pero los dos han llegado muy lejos, por lo que tontos no debe ser.

Hay gente que va por la vida tan bien disfrazada que consiguen parecerse a ellos mismos, lo cual es aterrador, además de perverso. La mayoría nos fabricamos un traje que nos viene grande o pequeño y si conseguimos pasar desapercibidos, tira que te va; lo que nos importa es no causar repulsión o devoción desmedida. Luego están los excesivos, aquellos que a la legua se les ven las costuras de su atrezzo. Normalmente son gente cuyos excesos les impiden ver sus excesos, no sé si me explico.

Ha salido en prensa que la demanda de aumento de glúteos subió un 30%. Se ve que a la gente le mola cambiar de aspecto, disfrazarse vaya, y comienza por el culo. Vamos de idem.

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