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Ecos de un asesinato

ES DIFÍCIL procesar la amalgama de sensaciones que suscita la noticia del asesinato en Londres del español Ignacio Echevarría. Por ellos vamos a ofrecerlas sin mediar un intento de ordenarlas demasiado, o de dirigirlas a un fin que no sea su mera exposición. Como quien enumera sus malestares con el único objetivo de terminar la perorata sintiendo un poco de alivio.

A Echeverría lo mataron hace más de una semana pero el eco del suceso aún despierta admiración, homenajes y cierta polémica. No es frecuente que alguien entregue su vida por la de un semejante y menos por alguien esconocido. Por eso sobrecogen las circunstancias que condujeron al asesinato de Ignacio Echeverría. La polémica reside en el modo y maneras en que una sociedad procesa un comportamiento como el suyo. Hasta Joaquín Sabina, una figura poco dada a buscar el aplauso fácil y los golpes de efecto, le dedicó Contigo en un concierto hace unos días. El tema es un canto al amor incondicional, de una pieza. Dice un trozo de la letra: "Lo que yo quiero, corazón cobarde, / es que mueras por mí. / Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres". Dicen que era Echevarría un hombre de firmes convicciones cristianas (dato al que pocos medios al dado la relevancia que seguramente merece) y no sólo demostró saber amar al prójimo como a sí mismo, sino más que a sí mismo.

No es frecuente que alguien entregue su vida por la de un semejante y menos por alguien esconocido. Por eso sobrecogen las circunstancias que condujeron al asesinato de Ignacio Echeverría

La prensa londinense acuñó el término skate hero para referirse al joven, admirados por su desesperada defensa de una ciudadana británica que estaba siendo acuchillada, a la que intentó socorrer con el monopatín con el que había estado practicando poco antes. Ha sido la comunidad skater, en todo el mundo, la que más decididamente dio un paso al frente para reivindicar a Echevarría como uno de los suyos. Poco importa que fuese también abogado o que practicase surf y también ciclismo. De hecho, ya no importará nada: su imagen ha quedado unida a la de un monopatín.

Dos amigos skaters le acompañaban aquella noche. A ambos los detuvo la policía antes de que pudiesen ayudar a Ignacio. Después recorrieron un hospital tras otro hasta la madrugada, buscando a su amigo. Emociona la lectura de una carta que el padre del asesinado les escribe, conocedor de la sensación de culpa que les atenaza, tras haber sido informado por su propia hija, con quien finalmente ellos contactaron la noche trágica para ponerle al corriente de lo sucedido. En la misiva pide a los medios "que escribáis algo sobre los amigos de mi hijo que intentaron buscarlo y socorrerlo el día del atentado". E indica que "tienen una sensación de culpa y de rechazo muy injusta". Y termina: "Todo mi agradecimiento y anhelo de que estos jóvenes reciban el reconocimiento y trato que se merecen". Donde otros harían oídos sordos o incluso albergarían rencor ante la mejor suerte de esos dos jóvenes, la empatía del señor Echevarría revela la inapelable acción de la genética.

Luego está el hecho casi jocoso de que Ignacio Echevarría llevase trabajando casi dos años para una transnacional bancaria como analista de prevención de blanqueo de capitales. Procediendo de un país donde el número de corruptos per cápita alcanca cifras sonrojantes, hasta en eso tenía un perfil singular.

La acción que hizo que acabasen con la vida de este hombre, aún si nos parece producto de una pulsión encomiable pero irracional, es la respuesta al sufrimiento de alguien que es vilmente atacado y eso nos resulta difícil de comprender a la mayoría, porque la mayoría no estamos dispuestos a exponernos por mucho sufrimiento que tengamos delante. Por eso terminamos analizando lo sucedido desde la admiración más sincera.

Ecos de un asesinato
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